Barrio de putas, por Gabriel Merino

El viejo adagio -creo que era un adagio también, sí- decía que hay tres cosas básicas en la vida: la salud, el dinero y el amor. Es decir: la sensación de sentirse bien, la de sentirse querido y la de tener las necesidades básicas cubiertas.

Para suplir estas carencias, poderosas mafias siempre han traficado con sucedáneos.  Drogas, putas y juego. Las drogas, para crear esos paraísos artificiales que engañan a una salud o una mente herida o enferma, desde el valium a la heroína y, al final, abusar de ellos mata. Las putas, para hacerte sentir deseado, amado o sencillamente atendido: el engaño que provoca el abuso de la prostitución es quedarse al final más solo que la una.

Y luego está el juego: ese atajo a la fortuna que inventaron las mismas – paralelas- mafias para suplir el camino al dinero que se gana -¡qué antiguo!- con el sudor de la frente. Dinero inmediato, de azar, por el sólo hecho de tirar de una palanca o apostar por una carta. Y quien abusa de este sistema, como en el caso de los otros dos, en general acaba arruinado.

Lo cierto es que jugar y especular con las tres grandes ilusiones humanas siempre ha generado mucho dinero: tanto que se montan grandes redes y barrios enteros consagrados a traficar con esos tres sucedáneos de la salud, el dinero y el amor. Pero todo el mundo sabe que, por más que generen ilusiones ficticias, estos sucedáneos no son vecinos deseados. Aunque generen una amplia clientela y cantidades obscenas de dinero, nadie quiere vivir cerca de un barrio de putas, de drogas o de juego.

Vivo en una ciudad en que la administración ahora hostiga a las putas fuera de los parques y de las arterias comerciales, pero no les deja montar un “barrio rojo” con puerta de acceso como en Ámsterdam o Hamburgo. Una ciudad en la que además de las líneas estándar de autobús hay cundas para llegar a la Cañada Real o a Pitis –a esos sitios donde el autobús no llega y la policía no entra- para pillar. Y en mi ciudad, o cerca, hasta ahora había tragaperras en los bares, el viejo casino de la calle de Alcalá ,el nuevo de Torrelodones y el de Aranjuez.

Pero ahora  ha llegado un señor americano y se ha ofrecido a montar un barrio entero dedicado a ese  sucedáneo del dinero que se gana por trabajo: yo, en realidad no estoy contra los usuarios de los casinos ni los que trabajan en los otros sucedáneos sino contra los verdaderos traficantes y deformadores de las ilusiones originales. El camello a gran escala, el proxeneta, o el mafioso son mucho más malos -¡dónde va a parar!- que el croupier o la puta que se ganan la vida así, o que los usuarios que si consumen esa oferta es porque -¡también!- la ley, o que las autoridades les dejen saltarse la ley, se lo permite.

Aunque a nadie le gusta tener por vecinos a estos negociantes, la presidenta de Madrid –que ha buscado para ofrecer al yanki terrenos no exactamente colindantes con su vecindad-  ha considerado su oferta lo que ahora los economistas llaman un área de oportunidad.

Se dejará fumar, que no rija el estatuto de los trabajadores, que no se paguen impuestos, se regalará el terreno, se les pondrá alfombra roja. No sé si haría lo mismo si en lugar de un remedo de Las Vegas, el yanki le dijera a Espe que iba a dar trabajo a camellitos de poca monta o a putitas jóvenes y si estaría tan encantada con la oportunidad. Lo cierto es que, como vecinos, a estos tampoco les va a querer nadie. Atraerán clientelas, dependencias y mafias específicas bien incómodas. Pero parece –según dice la jefa- que va a ser eldorado para la región. Miedo da.

_________________________________

- Blog del autor: A mí me obligaron

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*