Banqueros malos, por Javier Astasio

No sé por qué criticamos tanto al ministro de Economía de Rajoy, aunque cada vez tengo menos claro que lo sea, porque parece que Rajoy, dada su falta de información y autoridad, es del ministro. No sé por qué le criticamos tanto, cuando lo que está haciendo es un excelente ejercicio de pedagogía política.

Está muy claro el porqué de la tardanza en asumir que la banca española tiene, no ya un problema, sino un verdadero problemón. De hecho, hasta que Mario Draghi, responsables del Banco Central Europeo, no ha venido a decírnoslo a la cara, el problema, era un secreto tan bien guardado como el de que, en París, casi siempre llueve. De Guindos lo hacía por pura pedagogía, lo hacía porque tenía muy claro que, evidenciando que el problema de España es el problema de sus bancos, ningún ciudadano hubiese aceptado, de hecho no los aceptan, los recortes que, a sus derechos y prestaciones, se les vienen haciendo desde hace tres o cuatro meses.

Probablemente, lo más difícil para De Guindos ha sido poner nombre a la última, desesperada y forzosa maniobra a aplicar sobre la banca. Después de negar hasta la saciedad que se iba a crear un banco malo con toda la mierda acumulada a lo largo de los años del ladrillo por unos directivos irresponsables que disfrutan hoy de indemnizaciones, pensiones y bonus suficientes para reflotar, no una, sino muchas empresas, después de ese ejercicio de ineptitud o de cinismo, o de las dos cosas, nos vienen ahora con eso de los "vehículos" para poner en ellos los activos tóxicos de cada banco, sacarlos de sus balances y deshacerse de ellos en cuanto fuese posible. NI banco malo, ni vehículos, cuando era pequeño, en casa de mi abuela, los había de loza, de hierro esmaltado y, en los últimos tiempos, también de plástico. Se llamaban orinales y servían para lo que servían.

Sabiendo lo que sabemos ahora, porque hasta ahora sólo lo intuíamos y ellos -ministros, gobernador del Banco de España y cerebros grises sobre panzas orondas de analistas y opinadores- lo negaban y nos tildaban de exagerados sólo por pensarlo, sabiéndolo de manera fehaciente, cómo íbamos a dejar que dinamitasen el estado de bienestar delante de nuestras narices.

Ahora, con la didáctica del ministro, podemos llegar a pensar que lo de la mierda de los bancos es sólo un problema más, cuando, en realidad, es el problema. De hecho, pocos o ningún medio de comunicación lo dice claramente. Pero, claro, por ejemplo, en la SER, la información económica la patrocina Bankia, uno de los bancos más afectados, y entre los que opinan hay personajes tan frívolos como una profesora de universidad que tuvo el frívolo descaro de interrumpir una de sus clases -ella misma lo dijo- para hablar del glamour de sus zapatos.

No es de extrañar, por tanto, que esos opinadores tachen de demagogo al vicepresidente andaluz por afirmar que la Junta no aplicará la reforma laboral a sus trabajadores, o que se haga otro tanto cuando alguien se atreva a comparar las indemnizaciones por despido a los trabajadores con las que se llevan los banqueros malos, responsables de todo este desaguisado que, si fuese por el estropicio causado, deberían ir a la cárcel o responder con su patrimonio de la que han organizado.

No hace falta un banco malo. Lo que hace falta es banqueros buenos y, a ser posible, a sueldo del Estado. Porque, si los ciudadanos vamos a pagar los platos rotos, lo justo es que nos quedemos con la vajilla.


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