Banderitas, por Javier Astasio


Soy de esos españoles a los que años de franquismo han inoculado una especie de enfermedad, una alergia, que les impide emocionarse en presencia de banderas e himnos, cuando no les empuja a temblar de miedo o de rabia, porque no entienden que un trozo de tela de colores más o menos vistosos, con el rojo de la sangre derramada en casi todos, con el que, como decía mi abuelo Eustasio, se llevaba a la gente al matadero.
Todavía recuerdo los muertos que en el final de la dictadura y la transición causaron las banderas, muertos por poner o quitar banderas en montes, peñas, balcones o cualquier lugar prominente, desde los que ese paño "sagrado", entonces la ikurriña, ondease altivo y desafiante. La bandear era entonces causa de violencia y de muerte. Y lo fue hasta que alguien cayó en la cuenta de que prohibirla no iba a acabar con ella, ni mucho menos con lo que representaba, en una de las decisiones más sensatas de toda la transición.
De ahí a su reconocimiento oficial como bandera del País Vasco, medió apenas una constitución y las primeras elecciones libres en el territorio. A partir morir o matar por colocar la ikurriña se transformó en la "borroka" de todos los años en todas las fiestas por el lugar que debía ocupar en los balcones de los ayuntamientos vascos y navarros y si debía hacerlo junto a "la española" o no, algo que sólo dio lugar a más violencia y a detenciones y cárcel, aunque, con el tiempo, se ha quedado en poco más que un episodio más de dichas fiestas.
Por desgracia y vuelvo al abuelo Eustasio, las banderas son las más veces y dependiendo del uso que se haga de ellas se convierten en instrumentos, si no de dominación, de opresión, de agresión y, por qué no, de rebeldía. Y en esas estamos ahora, con un gobierno que, en lugar de restar importancia a banderas como la estelada que representa al independentismo catalán y que, al fin y al cabo, es, como el propio independentismo, legal  de todas todas, las convierte en "casus belli" y las prohíbe en la final de copa del próximo domingo, leyendo la ley a su antojo, de manera torticera, y causando con ello un escándalo mayor que la hipotética pitada al rey que, en el fondo, trataría de evitar y que estoy seguro de que se producirá corregida y aumentada,
Prohibir esa bandera, registrando y cacheando uno por uno a los espectadores que acudan al campo, es, una medida tan humillante como desproporcionada que, en el mejor de los casos ensanchará los pulmones de quienes estimen oportuno silbar y gritar al rey y al himno. No se gana nada con ello y, desde que me enteré ayer, no hago otra cosa que preguntarme si se prohibirá la entrada de banderas rojigualdas, con o sin aguilucho, si quedarán excluidos del registro quienes ceceen o quienes exhiban bufandas o banderas del Sevilla.
Será una pérdida de tiempo y dinero, un despliegue innecesario de las fuerzas del orden que estarían mejor empleadas en garantizar la seguridad en el campo esa noche y fuera del campo todos los días del año. Y más en un país que ayer rebasó con su deuda el 100% de sus ingresos, en un país que no es capaz de enjugar su déficit porque hay quien prefiere rebajar los impuestos de quienes tienen ingresos elevados, aunque sea a costa de la caja de la Seguridad Social y la protección de los más débiles, en un país en el que "los patriotas", los de la banderita en la solapa o en la correa del reloj, se llevan el dinero, nuestro dinero, sí el nuestro, ese que nos quitan en salarios y prestaciones, a paraísos fiscales fuera de nuestras fronteras, en un país en el que muchos correligionarios de la delegada del Gobierno que prohíbe las banderas están o van a estar ante el juez por "robar" el dinero destinado a viviendas, colegios e infraestructuras para gastarlo en campañas electorales, horteradas o llevárselo a Suiza. Un país, en suma, que tiene muchos problemas y más importantes que atender como para desperdiciar tiempo y esfuerzos en requisar banderas.
Claro que, bien mirado, este país tiene como ministro del Interior y superior, por tanto, de la delegada del Gobierno, a un señor que impone condecoraciones a figuras de escayola, madera, tela, encajes y oro o a guardias civiles, dos veces en veinticuatro horas, que arrancaron a palos de la alambrada que les separaba de su futuro a inmigrantes africanos en Melilla.
Este país no está para símbolos ni banderitas, este país está para que alguien se lo tome en serio y piense en todos los ciudadanos y no sólo en aquellos de los que persigue el voto.

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