Banderas en la cara, por Gabriel Merino

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Siempre he dicho que la mismidad, la condición de lo que somos no es ni puede ser motivo de orgullo –tampoco de vergüenza, evidentemente- porque es tan cosustancial a nosotros que no es que nos represente sino que nos implica como seres. Ser hombre o mujer, blanco o negro, joven o viejo, homosexual o heterosexual, español o francés es una circunstancia tan inalienable a nosotros como nuestro propio yo. Sentirse, por tanto, orgulloso de ello, entendiendo por orgullo lo que dice la academia es un absurdo: “orgullo.(Del cat. orgull).1. m. Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Primero, porque uno no puede sentirse arrogante de ser lo que es, a menos que sea un prepotente frente al resto -a quienes no lo son- y en segundo lugar, lo que es más importante, porque una vanidad de este tipo significa desdeñar o anteponerse ante esos que no tienen la misma característica –nacionalidad, raza, sexo, condición sexual, edad- que tú, lo cual sería incurrir en una flagrante discriminación de los demás.

 

Dicho esto, creo que uno se puede, y debería, sentir orgulloso de los rasgos que adquiere: la educación, la tolerancia, los idiomas que habla, su opción religiosa, la familia que crea, los frutos de su trabajo, su tono y forma física… Pero sentirse orgulloso de ser veinteañero, alto o europeo no deja de ser atribuir a una circunstancia sobrevenida más relevancia de la que tiene.

 

A raíz de los cuatro penaltis de anoche, una vez más me deja boquiabierto cómo alguien –mucha gente, en realidad-  vaya, se compre una bandera, un día de diario a las once y media de la noche con todo el calor se vista, saque esa bandera a la calle y se ponga a hacer sonar el claxon yéndose al centro de su ciudad feliz, orgulloso y casi desaforado, especialmente  cuando en cualquier otra circunstancia sacar esa bandera o gritar los eslógans, consignas y lemas que grita casi le podría avergonzar y que, por supuesto, nunca saldría a la calle para celebrar, reivindicar o protestar bajo ningún otro pretexto amparado en esa bandera o cualquier otra, aunque le estuvieran engañando o robando manifiestamente.  Y pienso: ¡Hay que ver lo que hacen cuatro penaltis y los poseedores de once pantalones cortos que ni siquiera cotizan sus primas en España...!. La verdad es que si no entiendo algunos orgullos del todo, éste mucho menos.

 

No. No es que reniegue de las honrillas y los patrioterismos, aunque no sean lo mío, pero creo que, en última instancia, deberían ser complementarios a unos orgullos, unas convicciones o  unos patriotismos mucho más convencidos, íntimos, arraigados, personales e inalienables que celebrar el resultado de un partido. Que están cayendo chuzos de punta en otras cosas y  que con esas otras  cosas resulta que somos  callados y mansos –ya no cautos- y no sacamos nuestras convicciones a la calle.

 

Pintarse una bandera en la cara es proclamar tu tribu. Y esas cosas de afirmarse en grupo son muy típicas en las épocas de desconfianza, crisis y nacionalismo. A mí también me gusta que gane la roja. Y Nadal. Y quedar bien en Eurovisión. Y que vaya fenómeno en los juegos olímpicos a los atletas de aquí. Y hasta que gane Fernando Alonso, que me parece un borde. Y que le den el premio Nobel a un literato en castellano o a un científico del CSIC. Pero eso no es mi orgullo: pensar que los logros de otros son los míos sería una impostura, un engaño, un vaciar de contenido mis esfuerzos, mis méritos y mis esperanzas propias.

 

Que  son –deben ser- otras. Y que se deben defender y celebrar pasional e íntimamente. El orgullo de eso que no podemos dejar de ser o de lo que son otros al final es absurdo. Hay que sentirse orgulloso de lo que tú haces, de lo que construyes, de lo que consigues.

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