‘Aterriza como puedas’, por Javier Astasio

 
 

No sé si ha sido ignorancia, soberbia o borrachera de poder, pero lo cierto es que el gobierno que preside Rajoy desde el silencio y las sombras, después de entrar como elefante en cacharrería en el sancta sanctórum de los derechos de los ciudadanos, se ve ahora obligado a desandar alguno de sus pasos en la loca carrera por devolver este país a las tinieblas del franquismo, corrigiendo o paliando los efectos que dos de sus leyes, una que se aprobará hoy mismo en el Congreso, la que ojalá nunca siquiera pase a la Historia como Ley Wert, y otra que apenas ha sido un borrador ahora repudiado por su propio autor, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz.

Aún así, que nadie piense que los ministros del Gobierno o el propio Rajoy van a pedir reconocer o, mucho menso, disculpas por sus errores. Tal cosa no está en el argumentario de su partido. Más bien al contrario. Lo suyo es matar al mensajero diciendo de él unas veces que miente y, otras, que sufren acoso por parte de unos medios, cada vez menos, que, simplemente, no controlan. No hay más que repasar, para comprobar lo que digo, el modo en que, mentira sobre mentira, Rafael Hernando trata de negar lo evidente que no es otra cosa que haber acusado, en una tertulia televisiva, poco menos que de "caza subvenciones" a los familiares de las víctimas desaparecidas del franquismo.

Ese descaro es el que ha llevado al ministro de Educación, entre otras cosas que estropear desde su despacho, a sostenella y no enmendalla aprobando una reforma educativa que sólo aplauden, y tímidamente, porque les parece corta, los religiosos de la enseñanza, que se aprobará con la total oposición en las aulas, los despachos y las calles, de todos los colectivos relacionados con la educación, durante estos dos últimos años.

Una reforma absolutamente ideológica, cuyo caballo de batalla ha sido la supresión de la asignatura "Educación para la ciudadanía", la misma en al que s enseña a los niños a respetar a los demás, sean del color, la nacionalidad, el género, o la orientación sexual que sean. La misma que enseñaba a los ciudadanos del futuro que las mujeres y los hombres no se dan a nadie, ni como esclavas, esclavos, compañeros o compañeras. Una reforma suicida que acabará en los tribunales y que supondrá otros cuatro años perdidos en la importante tarea de reforzar y consolidar algo tan fundamental como la formación de los españoles del futuro. Una reforma que el ceporro -no encuentro otra palabra para describirlo- del ministro se ha tomado como lo personal. Una reforma, en fin, que es tan nefasta que ha tenido que ser su compañera de gobierno, piadosa Ana Mato, la que llame ahora la atención sobre una carencia tan elemental como la de que los niños para los que los padres escojan Religión como asignatura nunca sabrán por lo que les enseñan en la escuela que no se pega ni se insulta a quien se quiere. Razón por la que los técnicos de uno y otro ministerio andan ahora negociando la inclusión de tales enseñanzas en el temario.

Y si esto ocurre con la LONCE, qué no estará pasando con el ministro faquir que se cree capaz de andar, sobre cuchillas sin herirse, lo quiere probar en carne ajena, claro, del mismo modo que su admirado Jesús anduvo sobre las aguas, Jorge Fernández Díaz, al que al parecer ruboriza la Ley de Seguridad que prepara, hasta el punto de repudiarla como si de un monstruo de tratase. Ayer lo demostró en la "agarrada" que tuvo en el Congreso con Eduardo Madina, con el que estuvo faltón y agresivo como lo hubiese estado uno de sus pumas de uniforme con cualquier manifestante,  porque le faltó mandarle a los guardias. Y, como no pudo, se conformó con tratar de ridiculizarle, sin saber que el socialista tenía en su poder el borrador de una ley, en la que, por el hecho de manifestarse, un ciudadano podría ser condenado a pagar el precio de tres pisos, bien es verdad que de esos en los que nunca se metería alquilen como él. Quizá por ello, ene el nuevo borrador, la multa pasa de 600.000 a 30.000 euros.

Se ve que las encuestas no van tan bien como se prometían y después de dos años de volar alto, toca bajar al suelo y buscar una pista despejada y sin obstáculos para aterrizar lo mejor que se pueda.
 
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