Asco, por Javier Astasio

 
 
Asco. Simplemente. Eso es lo que siento esta mañana, mucho asco.
Trabajé muchos años como periodista, creyendo que lo mío, lo de mis compañeros era una especie de sacerdocio en el que mediábamos entre la verdad y los ciudadanos, pero no tardé en darme cuenta de que no todos son iguales, no ya ante la ley, sino, simplemente, ante la verdad que se puede contar de ellos.
Porque no, la cosa no era como yo la imaginaba, y pronto pude comprobar que las esposas de los consejeros cantaban mejor que el resto de los mortales, que Hipercor perdió su nombre cuando ETA causó la masacre en su tienda de la Meridiana de Barcelona, que Mario Conde, al que sólo verle me ponía los pelos de punta, era un tipo genial mientras trapicheaba con las propiedades del banco que presidía. También me enteré de que ese tipo que un dos de mayo me atropelló empujándome contra la puerta del estudio, rijoso y más de derechas que Don Pelayo -según su propio padre- era un progresista en las filas del PP que jugó con vista la baza del Círculo de Bellas Artes, convirtiéndolo en el salón de actos del Grupo PRISA y en su propio marchamo de mecenas cultural, que nada tiene que ver con su verdadera personalidad, desvelada como ministro de Justicia de Rajoy.
Yo creía en mí trabajo y también creía en mi empresa. Hasta que un día, sin previo aviso, me sacaron de donde estaba, para hacer sitio a la nueva estrella contralada a golpe de talonario y con su propio equipo impuesto, por un señor que, después de haber organizado más de un estropicio, vive hoy un exilio dorado en Miami. Me mandaron a un lugar oscuro, en el que también traté de cumplir con mi trabajo y ser feliz. Y casi lo estaba consiguiendo, entre gente que, por cierto, creía poco en la empresa y mucho en la adulación a los jefes, hasta que mi enfermedad fue agravándose -dicen que el estrés no es buen compañero de la diabetes- y después de un ingreso hospitalario y el deterioro de mi vista me pusieron en la calle, con una indemnización que hoy quizá sería inalcanzable, pero en la calle.
Al cabo de un tiempo, ya con una pensión y la vista muy dañada, alguien me aconsejó poner en un depósito parte de la indemnización y consulté con Manolo, el canalla que venía ocupándose de las cuentas de mis padres, la mía y las de mis hermanos desde hacía más de treinta años. Y, a sabiendas de que yo no podía leer papeles y mucho menos letras pequeñas, nos embarcó con engañifas y buenas palabras, hablándonos siempre de un plazo de cinco años, a mí y a mis padres en las malditas participaciones preferentes, que yo acabé contratando, porque creí en todo momento al papanatas de Miguel Ángel Fernández Ordóñez que repetía una y otra vez, también en esas fechas, las excelencias y la buena salud de la banca y las cajas españolas. Yo, en esa, como en otras ocasiones, pequé, como tantos, de exceso de fe en las buenas intenciones de miserables como el tal Manolo o el, todavía no sé si inútil o canalla, Miguel Ángel Fernández Ordóñez.
Hoy acabo de enterarme de que la Unión Europea quiere imponer una quita de hasta el 50% a esas preferentes, colocadas de manera miserable a gente en la que pesó más la fe que la desconfianza hacia quienes habían tenido su dinero desde hacía tanto tiempo. Me entero también de que van a despedir a muchos de los empleados de Bankia y ni siquiera me queda el consuelo de que uno de ellos sea el tal Manolo, porque, después de abusar de quienes les creímos, probablemente a cambio de primas por objetivos, se prejubiló, supongo que con unas magníficas condiciones.
Mi único consuelo en estos años ha sido pensar que, además de tener una buena familia que se preocupa por mí en todo momento, gracias a mis médicos y enfermeras he podido mantener unas condiciones de vida bastante aceptables que me hubiesen costado la pensión y los ahorros que me quedan, de no ser por el sistema público de sanidad que también nos quieren quitar esos miserables que no ven personas ni ciudadanos, sino votos y oportunidades de negocio en quienes les elegimos o dejamos que les elijan.
Confiaba también en el PSOE como si de un partido progresista y obrero se tratase y el tiempo me ha demostrado que no, que han preferido siempre los votos, los cargos y los consejos de administración a los principios. Y no hay más que verlos, sumidos en el más profundo de los agujeros, despreciados incluso por su propia militancia. Para colmo, les "pillan" con el "carrito del helao" en Sabadell. Y pillán al alcalde de la quinta localidad de Cataluña, enredado en una trama con un concejal del PP, qué pensarán sus votantes, y con el número dos y responsable de la campaña electoral del PSC acusado de mediar ante una concejala para dar un puesto de trabajo no sé a quién.
Y siento asco, mucho asco, porque no me puedo fiar de casi nadie. Porque esta misma mañana acabo de escuchar a quien exculpa a Daniel Fernández, el nº 2 del PSC, porque al fin y al cabo no se le acusa de corrupción, sino de tráfico de influencias. Y yo me cago en todo lo que se menea, que diría un amigo, porque quizá ese puesto de trabajo que Fernández reclamaba para alguien le correspondía a alguien mejor preparado o, por qué no, más necesitado porque tiene que pagar una hipoteca y los gastos de una familia.
En fin, asco, asco, mucho asco es lo que siento. Por eso, para aliviarme, hoy me he metido los dedos y he vomitado un poco. Lo he manchado todo, pero ahora me siento mejor.
 
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