Arte dramático y mafia, por Javier Astasio



Es lista, muy pero que muy lista, la condesa. A diferencia de Mariano Rajoy, capaz de hablar de buen tiempo justo en medio de un ciclón, sabe que hay momentos en los que no se puede mirar a otro lado y tratar de diluir la gravedad de los hechos llamando a las cosas y a las personas, en lugar de hacerlo por su nombre, Esperanza Aguirre sabe poner morritos y quebrar su voz y poner gesto compungido, lo mismo para hablar de su familia y del cáncer en su pecho, mientras niega a las mujeres madrileñas las imprescindibles mamografías preventivas, que para hablar de otro cáncer, el que corroe de corrupción a su partido, limitando si responsabilidad al nombramiento de Francisco Granados y las consecuencias a una dramática, pero simple, petición de perdón.
Doña Esperanza ha hecho como ese niño sorprendido con el morro lleno de mermelada, con una galleta a medio comer en la mano y junto a la caja de las galletas y al tarro de la mermelada, pero sólo admite, aunque pida perdón por ello, haber cogido la galleta. Son ya demasiadas casualidades, demasiada mierda a su alrededor como para no pensar que, por acción o por omisión, tiene algo que ver en el desfalco sistemático de lo que es de los madrileños.
Nadie puede pretender que una señora tan lista como ella haya estado pisando la moqueta de la Gürtel y ganando elecciones desde los carteles y los actos montados por aquella trama que nació en Madrid y pronto se extendió a toda España, sin enterarse de nada, sin tener la más mínima sospecha de que tanto dispendio no podía salir de la caja legal de su partido. Nadie puede pretenderlo, salvo ella que no dudo en convertirse en juez y parte y que, como un ángel exterminador de guardarropía, expulsó del partido a los implicados, aunque tan "de mentirijillas" que conservaron sus escaños y, desde ellos, la disciplina de partido.
Ayer, casi como el rey Juan Carlos, la presidenta del PP madrileño, la que hace y deshace, la que se preocupa de saber "qué tenemos contra" el "hijoputa" de turno a la hora de hacer los nombramientos, dijo haberse equivocado y pidió perdón. Nada dijo o nada se ha destacado, si lo dijo, de que no volverá a ocurrir. Se quedó más corta que aquel rey cazador y eso que al monarca y a la monarquía no dejó de irles mal desde entonces. Pero qué va a decir, si negó conocer a los alcaldes detenidos y, desde que lo dijo, la red se está plagada de fotos en las que aparece recibiendo besos, abrazos y demás cariños de los detenidos.
Pese a que maneja las tablas como nadie y que, camaleónica como es capaz de encarnarse cuando le conviene en verdulera, en amantísima abuela o en niñita de colegio de monjas, esta vez no parece haber contado con que la gente ya está cansada de tanto teatro, sea sainete o drama, porque a la gente ya no le da para llegar a fin de mes y ese tres por ciento que se paga en comisiones a todos esos, del PP y del PSOE, a los que la condesa no conoce, le llena las tripas de gatos y le hace hervir la sangre.
Ya no hay espacio para el desparpajo. Se les ha visto demasiado el culo y ya no caben componendas.
Las corruptelas de ayer, transversales, como se dice ahora, porque, aunque abundan los peperos, hay implicados de otros partidos, si es que lo eran para el lucro personal de los implicados, es la lógica consecuencia de unos tiempos en los que el tres por ciento era, aquí y en Cataluña, un impuesto más, que había que pagar al partido de quien decidía las recalificaciones de terrenos en los tiempos de la burbuja inmobiliaria y en contratas de  servicios ahora que ya nadie pone un ladrillo encima de otro.
Se dice que la función crea al órgano y de aquel hábito de pagar los favores de la administración ha quedado el vicio  de poner la mano y el músculo para ponerla.
Que Granados es un truhan engominado estaba claro. No hay más que seguir los cambios habidos en imagen con el paso del tiempo desde aquel pelo cortado a navaja y aquellos trajes de Cortefiel a los ricitos engominados, los relojes de marca y las gafas de diseño. Y es que a este señor le ha ido muy bien desde que hizo de barrendero para doña Esperanza, borrando en aquella infame comisión los rastros del Tamayazo, aquella marrullería desde la que Aguirre se encaramó al poder en Madrid.
Quizá por eso, a Granados, ese bufón tabernario y chulesco de las tertulias televisivas y radiofónicas, se le dejó una salida más o menos honrosa cuando apareció aquella primera cuenta en Suiza. Pero lo de ayer fue ya demasiado, porque tenía de mafiosa la imagen del partido en Madrid.
Aguirre haría bien en dejar la política, pero en dejarla del todo y de verdad, Y no porque haya perdido sus aptitudes para el arte dramático, que las sigue teniendo, sino porque el público, la gente, está ya harto de tanto teatro. No basta con asumir la responsabilidad por haber dado su confianza a Granados, Rajoy ya lo hizo con Bárcenas y ahí está, impasible y acorralado por sus propias mentiras, mientras todo se derrumba a su alrededor.



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