Arrimadas, la ofendidita, por Javier Astasio

Alguien debería decirle a Inés Arrimadas, cara de niña, modos de predicador tremendista, que en la política española hay vida más allá de Puigdemont y que en algún momento tendría que remangarse para ponerse a trabajar en algo más que ese victimismo que viene cultivando desde hace tanto tiempo y que tan bien le ha venido, al igual que al independentismo, no así a los ciudadanos que esperaban de ella y su partido algo más que esa continua salmodia de las quejas y las acusaciones sin tregua, cargadas de tópicos y vacías de cualquier iniciativa que no sea la perniciosa judicialización de todo lo que a ella y a su partido les estorba.
Se ve que, de su marido, diputado convergente y abogado asesor de empresas como Uber sólo se le ha pegado lo de "picar" pleitos, porque de intentar comprender al nacionalismo o, simplemente, buscar una salida a la parálisis crispada que vice Cataluña, nada de nada. Alguien debiera decirle, también, que la campaña electoral de las generales concluyó hace diez días, que ya tiene su escaño y que el objetivo de sobrepasar en escaños al Partido Popular habrá de esperar, si no hay más trásfugas mediantes, cuatro años en principio.
Por ello, sería bueno que la diputada por Barcelona bajase el pistón de su agresividad hacia quienes no entienden Cataluña como ella o como su mentor Albert Rivera y, de paso, contra Pedro Sánchez, el claro vencedor de las pasadas elecciones, con el derecho, si no con la obligación, de desplazarse en el tan manoseado falcon, lo único que parece importarles, a ella y su partido, de todo lo que compete al presidente. Algo así como si a los españoles de mi edad sólo nos hubiese quedado del dictador Franco que pescaba desde el "Azor" y viajaba en Rolls, porque, volar, no volaba mucho, conociendo el final de quienes tenía al lado o por encima -Sanjurjo, Mola, etc.- en la conspiración que llevó al golpe de julio de 1936.
Arrimadas vive de la energía que toma del fantasma de Puigdemont y parece vivir por y para él. No para los catalanes que la colmaron de votos en las pasadas elecciones catalanas, sin que conseguir que Ciudadanos fuese el partido más votado para entonces haya servido para nada, porque no puso esos votos a trabajar, como pidió el PCE en 1979 a sus votantes, sino que prefirió lloriquear, practicar turismo a la búsqueda del martirio y arrancando lazos amarillos que, como las malas hierbas, brotaban con más fuerza, una vez arrancados, reduciendo la política y los problemas de los ciudadanos: los precios, el paro, la sanidad o la vivienda a un "quítame allá esos lazos".
Dice y repite Arrimadas, como si no se hubiese enterado de que sigue y con toda seguridad seguirá en La Moncloa, que Sánchez es un presidente "fake" y creo que ya va siendo hora de que alguien le diga que nadie más "fake" que ella y su partido, que, después de dar la espalda a su electorado y de dejarle colgado, desperdiciando todos los votos que le dieron en la aún vigente legislatura catalana, debería ser menos osada, porque si hay alguien "fake" en la política española ese alguien es ella, la ofendidita que, como la niña mimada de la canción, "lo tiene todo y llora por nada".
Supongo que se me podrá acusar de machista por lo que he escrito, pero cuando alguien, como hace Inés Arrimadas, explota la fragilidad y el victimismo, como lo hace y se queja de que no la defiendan "las feministas" se arriesga a provocar esta reacción en mí.

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