Arde Valparaíso, por Javier Astasio


En una imagen robada a Pablo Neruda, imagino Valparaíso como una enorme cabellera de mujer, extendida desde el mar hacia los cerros, subiendo por las cañadas, cada mechón distinto del otro, unos más luminosos y aseados, otros tristes y sucios. Una cabellera que se ilumina en la noche, marcando como una cinta la avenida que conecta todos esos cerros, unos cuarenta que suben hacia los bosques que la circundan.
En Valparaíso hay mucha belleza y mucha miseria. Como gran parte de Chile, en su belleza está también la hipoteca que pesa sobre ella, expuesta a las catástrofes naturales, pasto de las llamas unas veces, derribada por la tierra que tiembla otras. Por eso no abundan en ella los grandes edificios. Por ello sus casas son de madera, frágiles, sí, pero más seguras cuando la tierra tiembla.
Tuve la fortuna de conocer Valparaíso en enero y me fui de allí seguro de que volvería. También con la sensación de que hay que verla al menos una vez en la vida. Hay que perderse en las calles de "el Plan", la zona llana y mejor urbanizada cercana al puerto, con ese mercado desordenado y vivo, en cuya primera planta se puede disfrutar a buen precio de la mejor de las comidas, caminar hacia el entorno del puerto, subir al Cerro Alegre, con sus calles estrechas y empinadas, para encontrarse con la "Sebastiana", esa casa de cuatro plantas, construida por un rico español, como el puente de un barco mirando al Pacífico, que un día compró Neruda, para hacer de ella su observatorio y su refugio.
Hay que perderse por sus calles llenas de grafitos, la mayoría de ellos lindos y respetados, con  sus casas asomadas al vacío, en las que allá donde caben brotan jardines y macetas y, sobre todo, hay que esperar el atardecer, para ver como el sol se ahoga al final del día en el Pacífico.
Pero las noticias que me llegan de allí son malas. Sé que aquellos a quienes conozco y aprecio están bien, que el cerro en el que viven nos e ha visto afectado. Pero me duele ver sufrir a esa ciudad loca que vive mirando el mar a la espalda del monte que, quizá celoso, le ha mandado el fuego como venganza.
Es triste ver sufrir a tanta gente, doce muertos, millares de afectados, centenares de casas arrasadas, de las que la gente trata de sacar lo poco que de valor quede en ellas, a veces con derecho y otras por las bravas.
Miles de sueños enterrados en las cenizas, miles de vidas que serán mañana un poco más duras, un poco más tristes.
Pero en medio de tos eso, me cuentan, ha despertado la solidaridad. Todo Chile se ha movilizado. Los bomberos, voluntarios, se han desplazado desde todo el país, también médicos y, muy importante en un país como Chile y una ciudad como Valparaíso, veterinarios. Porque en Chile y, especialmente en la ciudad hoy doliente, los animales, especialmente los perros callejeros, tienen bien ganada la ciudadanía.
Arde Valparaíso y, aquí, tan lejos, sólo puedo, por tantas cosas, llorarla y recordarla con cariño.


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