¿Arde Lavapiés?, por Javier Astasio

Cinco días después de la muerte del trabajador senegalés Mame Mbayé, por fin vieron la luz unas imágenes, las del desesperado intento de reanimación al que le sometieron en plena calle varios policías municipales, que aclaraban en gran medida lo sucedido y desmontaban los bulos que la irresponsabilidad o la maldad de algunos incendiaron las calles de un barrio tan acogedor y amable como el de Lavapiés. El esfuerzo de los policías madrileños dista mucho de la imagen que, de ellos, en este caso concreto, se estuvo dando durante horas y debería avergonzar a más de uno.
No llego a entender qué nos está pasando, qué mal nos aqueja para que nos hayamos vuelto incapaces de reflexionar antes de reaccionar, incapaces de distinguir la realidad, incapaces de rechazar lo que no es sino una bola de medias verdades, intereses y odios que rueda por las malditas redes, mientras nos cuesta demasiado confiar en quienes con las debidas precauciones sólo tratan de explicar lo sucedido desde los datos contrastados. 
Cuando ayer vi a los policías municipales, hasta siete, atendiendo al infeliz Mame, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta pregunta ¿por qué esas imágenes han tardado tanto en ver la luz? No sé quién las grabó en su teléfono móvil ni en qué ha estado pensando durante estos cuatro largos días para retener un documento que, como ese, ayuda a explicar lo que pasó y, sobre todo, a devolver a las calles de Lavapiés la tranquilidad perdida.
Me cuesta entenderlo. Más, si como pudimos ver, otras imágenes bien distintas, las de la espeluznante agresión de un miembro de los antidisturbios de la Policía Nacional, que dejó inconsciente de un porrazo a un hombre, también inmigrante, que nada había hecho ni estaba oponiendo resistencia a los policías. Gracias a esas imágenes y a la labor del periódico eldiario.es, el herido pudo ser localizado e identificado en el hospital al que fue conducido por la propia policía después de haberle atendido en un portal y llevado a una comisaría, sin que el hospital fuese informado de la causa del traumatismo cráneo encefálico que padecía.
Lo sucedido me lleva a pensar que ha habido intereses creados o malicia al ocultar tanto tiempo las imágenes del intento de reanimación de Mame, más viendo las consecuencias que las versiones que circulaban sobre su muerte estaban soliviantando los ánimos en las calles de Lavapiés y atrayendo al barrio a los profesionales del destrozo, no importa de qué ideología. dispuestos a quemar y romper con saña, vete tú a  saber para qué o por encargo de quién. Sin embargo, lo que aún no consigo explicarme es qué está pasando en el ayuntamiento madrileño, mejor dicho, en la coalición que lo gobierna, que a veces parece tener el enemigo en casa, especialmente cuando sus concejales dan pábulo a versiones no contrastadas y los difunden sin medir las consecuencias o, sería aún peor, considerándolas y utilizándolas en esa guerra particular que, con barricadas y todo, han llevado a la casa que debiera ser de todos.
Por eso ayer, una vez más, la alcaldesa Manuela Carmena se vio obligada a templar gaitas, quizá para evitar que la díscola Rommy Arce, que demasiado a menudo recuerda a la CUP del Parlament de Cataluña, rompa la unidad del grupo de Carmena a pocos meses de unas nuevas elecciones.
Lo sucedido en Lavapiés, que muchos creímos vivir agrandado y exagerado en nuestros televisores, estuvo a punto de romper la convivencia de un barrio en el que, desde hace décadas conviven gentes de distintas nacionalidades, razas, religiones y clases sociales, un barrio humilde, acogedor y castizo, sobre el que revolotean desde hace unos años los buitres de la especulación.
Hace unos días pudo arder Lavapiés. Fue muy triste, pero consuela saber que a la mañana siguiente y en las horas sucesivas, la solidaridad y la convivencia resurgieron de las cenizas de esa noche triste, porque, aforunadamente, la convivencia no ardió en Lavapiés. 

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