¿Apagón autonómico?, por Javier Astasio



He sido y soy periodista desde hace más de treinta años y tengo por ello mi agenda y mi corazón lleno de nombres y afectos de otros periodistas, amigos, compañeros y ex compañeros que lo están pasando muy mal. Me duele esa situación como me duele el futuro de mi hija, aunque sé que ella saldrá adelante en este oficio que ha escogido o en cualquier otro que "le" escoja. Y me duele, porque tengo la sensación de que, como en el asunto de las cajas de ahorro, otra perversión no del sistema autonómico, sino de la mayoría de los gobiernos autonómicos, al final pagarán justos por pecadores.
Ahora que lo público parece tener la culpa de que todo vaya tan mal, resulta muy fácil desmontar los tinglados, limpiarse las manos, y mirar hacia otro lado, silbando, mientras tanto, una bella melodía.
Sin embargo, la culpa de que todo haya ido tan mal, las teles y las cajas que, en su mayor parte, han ido rematadamente mal, no la tienen los trabajadores que se van a ver en la calle en el peor de los momentos o comprados por diazferranes oportunistas que, a cambio de seguir cantando las glorias de quien les otorga la concesión y de seguir cuidando el juguetito, se harán con un negocio redondo y un bonito agujero por el que vomitar sus basuras.
Yo ya no sé si las televisiones autonómicas son necesarias o no. Sí sé que éstas no. Sé que, pese a contar con magníficos profesionales en todas sus áreas, se han visto condenadas a quedar como instrumentos de propaganda de los que los primeros críticos han sido siempre los trabajadores. Sé también que, en muchos casos y Telemetrad es un buen ejemplo, han visto multiplicadas sus plantillas porque, por el temor de perder el control ideológico de las emisiones, han "doblado" muchos puestos de trabajo, para poner en ellos "peones" de confianza, mientras los "indomables", los verdaderos profesionales, los críticos, eran arrojados al abismo de los pasillos.
Ahora, en tiempos difíciles, es muy fácil fingir que se piensa en el bolsillo de los ciudadanos al tomar la decisión de cerrar o privatizar los canales autonómicos. Pero tal cosa sería sólo una ilusión porque, como digo, lo único que, de las televisiones públicas, interesa a los ciudadanos, la propaganda, estará en manos de los amiguetes a quienes se les venda el "invento".
Probablemente no quede más remedio que cerrar o recortar drásticamente. Pero decidme si, en casos como el de la RTVV, y pienso con dolor en mi amiga Lidia, no habría que exigir responsabilidades, también en los tribunales a quien decide que sobra el 75% de la plantilla. ¿En qué estaba pensando cuando las nóminas crecían y crecían? Quizá en la pasta que desviaron hacia el consorcio Gürtel-PP cuando el papa visito en Valencia, y en lo útil que resulto Canal 9 para enterrar la tragedia criminal del metro valenciano.

Mientras escribía esto, me entero de la "alegría" con que el inefable González Pons dice y se desdice respecto al cierre de la televisión murciana. También reflexiono sobre el hecho de que Cataluña haya decidido no pagar julio en escuelas y residencias, antes de hacerlo en sus televisiones. Ambas cosas dan que pensar ¿o no?
No sé si me he explicado, pero me hubiese gustado haberlo hecho.

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