ANTI Y DISTURBIOS, por Javier Astasio


Dicen que no hay peor cuña que la de la misma madera y los madrileños hemos podido comprobarlo, especialmente el concejal responsable de Salud, Seguridad y Emergencias de la villa y corte, Javier Barbero, que padeció, afortunadamente no en sus carnes, las iras de un cuerpo presuntamente creado dentro de la Policía Municipal, para resolver incidentes de orden público. Un cuerpo policial a cuyos miembros no parece gustarles eso que, en las películas de género, llaman "gastar suelas" o, lo que es lo mismo patrullar las calles.
Ese ha sido el "delito" de Javier Barbero, disolver varias unidades policiales dedicadas a ese menester, a cuyos miembros apenas recuerdo más que actuando en los desahucios contra quienes trataban de impedir que familias enteras fuesen arrojadas a la calle con sus enseres, porque, sin trabajo, no podían pagar su vivienda o, qué curioso, protegiendo a Sor María,  la monja "roba niños", cuando fue llamada a los juzgados de la Plaza de Castilla para testificar ante el juez que investigaba el robo de recién nacidos durante años, protección desproporcionada que, curiosamente, se le dio cuando era alcaldesa de Madrid Ana Botella, a la sazón sobrina de un conocido y ultraconservador obstetra, director que fue de la Clínica Santa Cristina, donde, la monja en cuestión realizaba sus presuntas tropelías.
Unas unidades policiales demasiado costosas y demasiado exclusivas para una ciudad como Madrid con demasiados gastos y no tantos incidentes de orden público como para tener que pagar un cuerpo policial que apenas intervenía y, cuando lo hacía, lo hacía siempre desde el mismo lado, un cuerpo "selecto" y privilegiado, cuyas competencias e intervenciones se solapaban demasiado a menudo con las de los antidisturbios de la Policía Nacional, con la que colaboró en más de una protesta ciudadana.
Las razones de Barbero son fáciles de entender, porque Madrid necesita más policía en los distritos, en alguno de los cuales, el último policía que se vio patrullando llevaba bigote con huías, quepis y eran conocidos como "guindillas" por el color de sus uniformes.
Pero no, dejar el acuartelamiento y tener que salir a la calle con frío, calor o lluvia no ha gustado a estos "gladiadores" del siglo XXI.
Lo de ayer en el centro de Madrid, la persecución por la calle Mayor al concejal y al director de la Policía Municipal, por tres centenares de estos antidisturbios, sin que la Policía Nacional, presente en los incidentes interviniese, porque no tenían órdenes de la delegada del Gobierno, fue un espectáculo lamentable, indigno de unos servidores de la ciudadanía, que lo son, que, sin embargo, se comportan como energúmenos, blandiendo una bandera constitucional como si el concejal y su director no fuesen españoles.
Lo de ayer, incluidas las declaraciones del ministro que condecora imágenes de la virgen María, que, lejos de explicar la inacción de la policía nacional, se conformó con un "estas cosas pasan" o con recordar al concejal su pasado reivindicativo, dejan muy claro que algunos, incluidos los policías alborotadores, tienen una peligrosa concepción patrimonial del Estado que creen suyo a costa de lo que sea.
Las caras de esos policías intranquilizan y mucho. A mí, entre otras cosas, me confirman lo que llevo años sospechando que demasiados de los que apalean a sus conciudadanos detrás de un escudo o un uniforme blindado podrían, perfectamente, al otro lado y que a esos energúmenos no se les escoge por su preparación y su temple, sino por todo lo contrario. Lo de ayer demostró que la mayoría son eso "anti" sociales y amantes de los "disturbios", prestos a la violencia y cargados de tics, como el d ese bestia que arrancó un móvil de las manos de una periodista que recogía los incidentes para lanzárselo con furia a otra que también cumplía con su trabajo.
El concejal acosado y perseguido ha podido comprobar que tenía razón, porque Madrid no se merece una policía como esa, por eso ha ordenado que, a estos anti sistema, amantes de los disturbios se les investigue por un delito de odio.

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