Anoche soñé, por Javier Astasio

Anoche soñé, qué absurdo, que se venía abajo una mujer altiva. Soñé que Esperanza Aguirre se marchaba, que quien presidió el gobierno de la Comunidad de Madrid hasta hace bien poco desaparecía de la vida pública. Soñé que esa mujer, que ha estado y está en el centro de los peores charcos, esa mujer que ha chapoteado en el barro de todos ellos sin aparente mancharse, ponía sin pretenderlo, el punto y final a su carrera por un más cálculo, un exceso de confianza o por seguir los malos consejos de la soberbia.
El sueño era absurdo, tan absurdo como este país en el que vivo, en el que dos ciudades fueron capaces de echarse a la calle para que dos de sus equipos de fútbol, tramposos e incumplidores con lo que era de sus jugadores y de todos, no descendiesen de categoría. El sueño era absurdo porque la protagonista, que llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid en medio de una turbia maniobra que, de no haber significado lo que acabó significando para los madrileños, hubiese sido un sainete con malos, buenos, listos, tontos y delincuentes, no sólo había sobrevivido a la no probada, pero evidente, compra de dos diputados de las filas rivales, sino que revalidó el mandato conseguido tan turbiamente.
Era tan absurdo como para que quien sobrevivió a un accidente de helicóptero causado por la torpeza y el exceso de confianza y al asalto a su hotel en Bombay, del que escapó entre los lamentos de los heridos y pisando charcos de sangre, dejando tirada a su gente en la india, quien curó milagrosamente de un cáncer exhibido entre lágrimas, con pucheros, voz quebrada y sin el menor pudor, poco antes, eso sí, de concurrir a unas elecciones, que, naturalmente, ganó, se dejase llevar por los nervios en una situación tan habitual como la de ser multada por un mal aparcamiento más o menos descarado.
Tan absurdo como para que quien, sin "aparentemente" darse cuenta de nada vio crecer a su alrededor la más descarada y mafiosa red de corrupción política, en beneficio de su partido, una red urdida en torno a su hombre de confianza, al que dejó caer como una colilla, aunque sin apagarla ni sacarla del salón de plenos, supongo que "por si las moscas", dejase ver su lado más oscuro en el centro de Madrid y  a plena luz del día.
Un sueño tan absurdo como para que quien acabó con el prestigio y la audiencia de Telemadrid a base de convertirla en su finca particular, de ponerla al servicio de sus caprichos y sus intereses, quien provocó su hundimiento y posterior cierre cuando dejó de servirle porque ya había repartido los juguetes digitales entre sus socios del TDT Party, se haya pasado veinticuatro horas escupiendo al cielo en todas las televisiones y radios habidas y por haber, tratando de justificar lo que no tiene justificación.
Tan absurdo como para que quien apostó el prestigio de Madrid y de España entera vendiendo una y otra a los intereses de un mafioso del juego con la vaga promesa de unos increíbles cientos de miles de puestos de trabajo y la vista puesta en la especulación de los terrenos presuntamente afectados, comprados baratos con la Esperanza (no es un error) de que, como los que acabaron junto a -perdón, creo que fue al revés- la estación del AVE en Guadalajara, sin ser investigada por ello, se juegue su castizo prestigio y su falsa imagen de mujer de orden, huyendo de los agentes que regulan el tráfico en la ciudad de la que, al parecer quiere ser alcaldesa, como huyó de la Puerta del Sol cuando supo que el caramelo de Eurovegas se convertía en humo.
Un sueño tan absurdo como para que una mujer que, para lo más turbio se rodea siempre de hombres Lamela, Güemes, Granados, López Viejo, Ignacio González y compañía -me encuentro con la excepción de Lucía Figar- y otros, acabe acusando de machismo a quienes sólo cumplían con su deber.
Un sueño tan absurdo como para que, en él, los ciudadanos de Madrid que llevan años tragándose todos los sapos de la condesa no le perdonasen esta salida de madre, más propia de un loco furioso e irreflexivo que de quien pretende hacernos creer que es la persona de orden que este país necesita.
LO malo es que me temo que, al final, todo quedará en eso, en un sueño.

¡Ojalá me equivoque! 
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