Ana Mato no existe, por Javier Astasio



Todos estos años de desgobierno del Partido Popular he vivido convencido de que Ana Mato, la ministra del confeti, nunca estaba o de que, al menos, no estaba cuando más se la necesitaba. Hoy estoy convencido de que la señora Mato, la que, eso cuentan, no era capaz de echar de menos, ni de más, un jaguar en su garaje, en realidad no existe.  que apenas es in holograma que se proyecta en la presidencia de algún que otro acto o en las escasas ruedas de prensa a las que nos dicen que acude, para dar soporte con su imagen perfectamente sincronizada con la grabación de lo que apenas es un breve comunicado de prensa, una de esas tautologías a la que son tan dados en la sala de máquinas del partido, que, convenientemente troceado, sirve para que el holograma de la ministra inexistente, con cara de espanto, simule una respuesta ante cualquier pregunta impertinente.
He tardado en llegar a esa conclusión, pero, al hacerlo, me he quedado más tranquilo, porque saber que tal ministra no existe me evita la paranoia de no entender por qué Rajoy, quizá otro holograma, no la cesa. La verdad es que tampoco era necesaria una ministra, o un ministro, para un ministerio que apenas conserva algunas incompetencias ¡uy, perdón, quise decir competencias, en qué estaría yo pensando! Una ministra simpática y parlanchina, como lo fue Trinidad Jiménez, quedaba mucho mejor, porque adornaba un montón, pero, con el mandato de Leire Pajín, quedó claro que cualquiera valía para el cargo y entramos en el despeñadero que nos ha llevado hasta la ministra holograma.
No se puede ser más torpe que el citado holograma. Cuando comparece ante la prensa, parece no ser consciente de dónde se encuentra. Vive una especie de arrebato místico y sólo le falta presentarse ante sus verdugos vestida de túnica blanca y con la palma del martirio en sus manos, dispuesta a dar su vida por su fe católica y liberal lapidada bajo el peso de tan crueles preguntas. Tanto es así que, de un tiempo a esta parte, el holograma va adquiriendo el color y el aspecto de una virgen románica, de esas que se han salvado de la rapiña y de los museos en algunas ermitas.
Pero volvamos a lo importante. Volvamos a la evidencia de que la ministra no existe, porque cómo, si no, explicar una gestión tan desastrosa. Cómo explicar que, desde la antigua sede de los sindicatos franquistas, se haya tratado un asunto tan serio como la llegada del ébola a nuestro país como si de una superproducción de Samuel Bronston se tratara, con muchos extras y figurantes y mucho cartón piedra detrás.
Lo que ha sucedido con la auxiliar Teresa Romero y quién sabe si alguien más, es la crónica de una catástrofe anunciada, porque a los responsables de organizar el dispositivo organizado para atender a los religiosos repatriados se le fue todo en palabras grandilocuentes y caravanas espectaculares, sin dotar a los trabajadores que realmente deberían enfrentarse a la enfermedad de la formación y los medios precisos para hacerlo. Ya en julio, y tuvieron la prudencia de hacerlo ante el juez, enfermeras del Hospital La Paz, del que depende el Carlos III, denunciaron ante el juez estas carencias que nada tienen que ver con el manido "cumplimiento de los protocolos a rajatabla" del que se han llenado la boca los políticos de la cúpula hospitalaria.
Material desfasado, con tallaje erróneo, calzas inadecuadas que había que sellar con cinta adhesiva, formación precipitada, con dos charlas de apenas tres cuartos de hora para explicar un procedimiento, el de vestirse y desvestirse en el que se emplean veinticinco minutos para enfundarse los trajes y sus complementos y cuarenta y cinco minutos para quitárselos con seguridad. Eso, unido a que ninguno de los sanitarios había practicado tan delicado ritual, prueba el descuido de las autoridades, mucho más preocupadas por atender a la prensa y, sobre todo, a las televisiones que en atender las demandas de los sanitarios.
Eso, por no hablar del desastre organizativo, que ha supuesto el seguimiento de los encargados del dispositivo y que ha llevado al ingreso, casi fuera de control, de la auxiliar infectada o, mucho más grave, del desmantelamiento del único centro de referencia en el tratamiento de estas enfermedades que ha llevado a toda la improvisación posterior. Una situación creada en torno a algo tan importante como la salud y la tranquilidad de la gente que, en un país civilizado y normal, se hubiese llevado ya por delante a más de un cargo, especialmente a la cabeza del ministerio. No será aquí, donde tenemos un holograma por ministra y empiezo a creer que otro por presidente, porque no os habéis preguntado donde está Rajoy que no dice nada mientras ocurre este desastre ante sus narices.


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