Ambigüedad sobre ruedas, por Javier Astasio

 
 
Vaya por delante que tengo amigos ciclistas que respetan las normas y que yo mismo he circulado mucho en bici por ciudad, aunque fueran otros los tiempos, para la ciudad y para mí. Vaya también por delante que, desde la perspectiva que dan los años, probablemente hoy no me atrevería a circular en bici por la calzada, pero tampoco lo haría por las aceras poniendo en riesgo a peatones de todas las edades que lo que menos esperan es encontrarse con un ciclista, circulando a veces a gran velocidad, al salir de un portal o que ese mismo ciclista u otro cualquiera le pase a centímetros cuando camina por un espacio destinado exclusivamente a los peatones.
Viene todo esto a propósito del debate abierto, al menos en Madrid, en torno a la obligatoriedad del uso del casco para circular en bici por ciudad que prepara la DGT, a la que se opone el Ayuntamiento de Madrid, con su alcaldesa al frente, que, al parecer, ha optado, ya desde los tiempos de Gallardón, en no legislar, no regular, no sancionar y no vigilar el uso de la bicicleta en la ciudad, dando amparo a una desigual convivencia de ciclistas, peatones y vehículos a motor en una de las ciudades de tráfico más caótico de Europa.
Los ciclistas no quieren el casco porque resulta incómodo y, claro, para circular por las aceras, donde el riesgo lo corren los peatones que sortean, les resulta un estorbo incómodo. Otro gallo nos cantara, si se les obligase a cumplir la ley moviéndose entre el tráfico sin más protección que su cuerpo. Les han convencido de que la bicicleta es un símbolo de libertad y lo han tomado al pie de la letra. Están en su derecho de dejarse enredar por la demagogia de esos alcaldes que, en lugar de construir carriles bici en las calzadas, los trazan restando espacio a las aceras o se limitan a ordenar a sus agentes de policía, implacables con manteros y vendedores ambulantes, a hacer la vista gorda con los ciclistas que invaden las aceras aprovechando que, para facilitar la movilidad de los cochecitos de niño, las sillas de ruedas o las carretillas de reparto, se han convertido los bordillos en rampas.
Los ciclistas, ante esta mentirosa ambigüedad de los alcaldes, han decidido tomar a voluntad lo mejor de los mundos en que viven: lanzarse por las aceras, sin casco y sin control, pasando a centímetros de los peatones a los que a duras penas esquivan, o bajarse a la calzada para no tener que esperar a que el semáforo se abra para los que van a pie, esgrimiendo entonces su condición de vehículo. Lo que acaba ocurriendo es que, al final, toman sólo las ventajas y no las obligaciones de cada mundo, con lo que quienes caminamos porque no nos queda otro remedio, y bien sano que es, que conste, estamos perdiendo los derechos que nos asisten sobre las aceras, ante la indiferencia de quienes deberían hacer cumplir la ley, a quienes nunca he visto interceptar a un ciclista por circular a lo loco en ellas y eso que he visto sobre ellas ciclistas en "manada", ciclistas con auriculares, ciclistas apartando a gritos o silbidos a peatones de su paso, ciclistas consultando su smartphone en marcha, ciclistas más pendientes de sus compañeros de "aventura" que de aquellos con que, abusivamente, comparten la acera, ciclistas egoístas y altivos, como caballeros medievales, a los que poco o nada les importan los modestos arrieros de a pie... los he visto, en resumen, cambiar de acera, que no de sentido, para ir por la acera en sombra de las avenidas.
Tan seguros están de sus derechos y de su nula fragilidad sobre las aceras que no quieren el casco que se pretende que lleven para su protección, "pasan" de cualquier norma de seguridad que es obligatoria en todo vehículo y pasan, no sólo del casco, sino, también, de las necesarias luces para circular de noche o, incluso, de un modesto timbre o bocina para advertir de su llegada.
Pero la realidad es terca y se ha empeñado en desmontar con sarcasmo los ventajistas y demagógicos argumentos de quienes criticaban ayer la obligatoriedad del casco que les quiere imponer la DGT. Esta mañana, sin ir más lejos, después de escuchar a un representante de una de las asociaciones que promueve el uso urbano de la bici comentando con sorna el dato de que mueren más peatones por la caída de macetas que ciclistas por golpes en la cabeza mientras circulan, nos han contado en la radio que un ciclista que circulaba esta noche sin luces y sin casco junto a la Puerta de Toledo, ha muerto atropellado por un coche patrulla.
No estaría de más que la alcaldesa de Madrid, tan torpe ella, hiciese algo por acabar con esa ambigüedad sobre ruedas que deja a los ciclistas en un limbo legal y a nosotros, los peatones, en un infierno lleno de peligros con los que no tenemos por qué contar.
 

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