AMBICIÓN, MIOPÍA Y REALIDAD, por Javier Astasio


Lo escribí el sábado en Facebook: lo único que he sacado en claro de lo sucedido al PSOE en los últimos días es la enorme distancia que hay entre los líderes -políticos y de opinión- y la gente común y corriente, la que vive y trabaja, si puede, al margen de los partidos, la que buscó un trabajo al acabar sus estudios, la que con una beca, el pasaporte o desde la cola del paro, comenzó a construir su futuro y que poco o nada tiene que ver con quienes no pueden exhibir otro currículo que el que recoge su carrera en el partido, sea cual sea, al que se afiliaron de adolescentes y que hoy es su presente, su futuro y su única fuente de ingresos.
Nada tiene que ver la vida, el pensamiento ni la perspectiva con que mira la realidad un joven y brillante diputado de treinta o cuarenta años con la vida y las aspiraciones de un viejo votante o, incluso, incluso un viejo militante que ha pasado penurias, exilio y cárcel por unas ideas que, no sólo son las suyas, sino que también fueron la de sus padres y, en muchos casos, son y serán las de sus hijos.
La torpeza de quien diseñó el asedio a Pedro Sánchez, una torpeza llena de cinismo, regada, incluso, con alguna lágrima, de cocodrilo, claro, y mucha histeria es digna de un sargento chusquero a cargo de un golpe de Estado, como tan bien apuntó el siempre lúcido Josep Borrell. Porque, decidme, si no qué han conseguido después de poner el partido patas arriba, con el culo al aire de sus insidias a la visa de todos. Eso, si considerásemos que el cerebro gris de este desaguisado hubiese sido la ambiciosa y aviesa Susana Díaz, algo difícil de sostener a estas alturas, después de ver los efectos de su impericia, porque, desengañémonos, la presidente de la Junta no ganó la votación en el Comité Federal con su lógica o con su inteligencia, sino que lo hizo con el peso de su federación, la Andaluza, plagada de personajes tan brillantes e independientes como su fiel Verónica Pérez, incapaz de imponer al resto de compañeros una autoridad en la que, a duras penas, ella misma creía.
Lo que pasó el sábado en el 70 de la calle Ferraz es la prueba evidente de eso que os adelantaba, de que la realidad de quienes estaban dentro de la sede socialista y la de quienes estaban fuera, nada o casi nada tienen que ver, porque dentro se estaba dilucidando la propiedad del partido y la titularidad de sus despachos, mientras fuera, en la calle, los militantes exigían que se mantuviese el NO a Rajoy, algo de lo que, dentro, ni siquiera se habló.
Finalmente, Susana Díaz se hizo con el control del partido, aunque fuese a costa de hacer trizas un partido que, desde que Felipe González dio el portazo y se marchó ha sido cosido y recosido con más o menos habilidad, dejándolo lleno de heridas mal cicatrizadas que, a la primera de cambio, supuran y cómo todo el rencor y todas las diferencias que separan a quienes se dicen entre ellos "compañeros".
Son embargo no me acabo de creer que las cosas sean tan simples. Para mí tengo que, por encima de los personajes de esta tragedia, hay una mente gris que, desde las sombras, ha doblado el premio que buscaba en esta crisis. Nadie puede decir a estas alturas que la militancia y los votantes del PSOE esté conforme con que su partido regale a Rajoy el camino un nuevo gobierno, pero, ahora, sumados el resultado del comité y el espectáculo, ni siquiera Rajoy y los que le quieren otra vez en La Moncloa ni siquiera necesitan la abstención socialista, porque, después de lo que ha pasado, el PP puede estar más que confiado en alcanzar en una terceras elecciones la mayoría en solitario, con un Ciudadanos desprestigiado y un PSOE hecho trizas y alejado de sus bases.
Algún día, Susana Díaz acabará pagando su torpe ambición. Quizá en diciembre, si se celebran esas terceras elecciones, y estoy seguro de que Rajoy hará lo posible por adelantarlas, y, entonces, Susana o quién decida Susana, cosechará otro hundimiento histórico, en votos y diputados, que pagaremos los ciudadanos con cuatro años más de tiranía económica, corrupción y recorte de libertades. Todo por atender desde la miopía más a las propias ambiciones que a quienes viven en la dura realidad.

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