Alto rendimiento, por Gabriel Merino

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Pensaba llamar a esto “Anna o la escalada del Olimpo”, pero lo de Tarrés –aunque insultante y, en cierta medida, preocupante- resulta anecdótico si tenemos en cuenta en qué se ha convertido el deporte de élite, profesionalizado o de alto rendimiento.

Por otra parte, es habitual que a los menores en fase de adoctrinamiento en un culto, una secta o una disciplina –incluso en un trabajo- se les amenace e incluso se les veje –no hay más que ver la iniciación al concepto de pecado en algunas religiones- para que sean más competitivos, fieles y convencidos de la bondad del método y sus fines, cualesquiera que sean sus métodos. En tiempos de corrección política y de defensa de los derechos de los más desprotegidos resulta chocante que una entrenadora incite a sus niñas de catorce años a la anorexia o que las haga blanco de vejación hablando en público de una supuesta actividad sexual prematura. Pero…¿cómo cree el espectador de olimpiadas que consiguió sus dieces perfectos Nadia Comaneci, aquella gimnasta rumana de Montreal –como las rusas, las alemanas democráticas, las chinas- sino sin comer, sin salir del gimnasio, sin ver a sus padres –muchas veces separadas literalmente para ingresar en un centro de alto rendimiento- y con la regla retirada?. Hoy y aquí, en la España de 2012, esos niños y niñas no ingresan en esos equipos firmando personalmente un papel, sino que quien da el permiso para que los entrenen –y siempre ha sido así- son sus padres: esos padres saben –o deben saber- cuántas horas dedican al deporte profesionalizado que no van a dedicar a otros menesteres, en manos de quién les dejan y quién les dirige y les orienta en esta carrera deportiva , y que parte de infancia pierden para –presuntamente- ganar medallas.

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