Altavoces y floreros, por Gabriel Merino

¡Ay, San Francisco de Sales, patrón de la prensa!, ¿cuándo fue que dejó de cotizarse el periodista y las empresas de comunicación decidieron que se podía incluso cobrar al plumilla por publicar?.

Supongo que fue cuando el oficio de periodista se convirtió en el de mero recogedor de dossieres y asistente a ruedas de prensa programadas; cuando el periodista aceptó también de buen grado sin rebelarse que no se le permitieran preguntas más allá de las declaraciones del convocante; cuando cada medio se dedicó a alimentar y difundir únicamente las ideas de su propio grupo de presión, cuando el llamado periodismo de investigación no sólo se convirtió en algo oneroso para los medios sino básicamente incómodo; cuando la cama, el pesebre o el enchufe sustituyeron casi en exclusiva al prestigio o la inteligencia; cuando prejubilar al que ya sabía para no pagarle trienios compensaba ampliamente para malpagar con su sueldo a un número indeterminado de becarios. Pues básicamente, cuando los profesionales se convirtieron en puros altavoces y floreros.

Cuando los medios se depauperaron hasta tal punto que, con el pretexto de la democratización se convirtieron en el paraíso del “puedo saludar” y los contenidos trabajados se sustituyeron por abrir a todas horas las líneas telefónicas para que el espectador, el oyente o el público mandara su opinión a través de un sms pagado. Cuando salió más a cuenta callarse que denunciar a costa de una subvención, una campaña o un anuncio. Cuando se institucionalizó una amistad de ida y vuelta entre el periodista y el objeto de la actualidad que rozaba lo que en los tribunales se llama cohecho. Cuando la estilística, la ortografía y el background se sustituyeron mayoritariamente por eso que hay debajo de la blusa o la bragueta. Cuando se ignoró que el espectro audiovisual es un bien limitado que hay que cuidar y mimar y no vender al mejor postor.

Cuando el agradecimiento político se pagaba en cargos editoriales en los medios públicos. Cuando el mejor premio al espectador era el número de canales clónicos que repiten tarots, teletiendas y concursos amañados. Cuando no se podía renunciar a los anuncios por palabras de prostitución aunque el medio fuera apostólico y romano. Cuando era mejor mantener un tertuliano gracioso que un especialista. Cuando cualquier medio se puede permitir un fichaje estrella y un juguete roto por temporada. Cuando las palabras -sobre lo que sea- se pagan al peso y la firma, si no eres de relumbrón, es lo de menos.

Y luego habrá quien le culpe a Internet, pero esto se veía venir mucho antes de que cualquiera pudiera decir lo que le da la gana por la red. Es más: seguramente la red al final va a ser el refugio último de quien aún tiene algo que decir que no sea al dictado, subvencionado o patrocinado. Echarse al monte o a la red, aunque la mala leche a veces difumine el rigor del plumilla montaraz o verso suelto,ese rigor del que tantos medios carecen hace ya mucho tiempo. San Francisco de Sales: ¡no te pido que el sector se quede como está porque la cosa es que –me da que- a estas alturas ya no queda casi nada…!


- Blog del autor: A mí me obligaron

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