Alberto Ruiz Cromañón, por Javier Astasio

 
Supongo que quienes leéis habitualmente este blog sabéis sobradamente que el ministro de Justicia nunca ha sido santo de mi devoción. Ni ahora que, como ministro, parece un gremlin mojado, ni antes, cuando iba de repelente exquisito al frente de la Comunidad de Madrid o del Ayuntamiento de la capital. Y, en este punto, he de confesar que lo mío con el ministro viene de lejos y viene de una experiencia personal que él probablemente no recuerde, pero que a mí me brindó la oportunidad de verle como es y no como a él le gustaría que le viésemos.
 
Fue un dos de mayo, no recuerdo de qué año, aunque sí recuerdo que presidía por entonces la Comunidad de Madrid. Sí recuerdo donde ocurrió, y fue bajo el dintel de la puerta del estudio 5 de la sede de la Cadena SER en Madrid. Con motivo de la fiesta de la Comunidad de Madrid, Gallardón estaba citado para ser entrevistado por Fernando Delgado en el programa "A vivir que son dos días" que por aquel entonces dirigía Fernando y del que yo era subdirector. Bajo aquel dintel nos cruzamos el hoy ministro y yo y bajo aquel dintel tuve la enorme fortuna de que se me manifestase en todo su terrible esplendor su verdadera personalidad.
 
Acababa yo de consultar a Fernando algún pormenor del programa y salía del estudio, cuando el señor Gallardón que acababa de llegar, poniéndome una mano sobre el pecho me apartó contra la puerta del estudio para, con su mejor sonrisa, acercarse babeante a saludar a mi director. Soy un tanto orgulloso y recuerdo que aquella humillación, aparte de sonrojarme, me pintó en la cara una cara de odio que hasta yo podía verme. Tanto es así que algún compañero me preguntó qué me ocurría. Más adelante, la radio es así, solventada la consulta de Fernando, volví a entrar en el estudio y Fernando, ajeno a lo que había pasado bajo el dintel de la puerta, educado y cariñoso como es, me presentó a como subdirector del programa a Gallardón que, entonces sí, me tendió la mano con una sonrisa y que no obtuvo de mí más que esa cara de odio que acababa de pintar en mí su feo gesto.
 
La verdad es que, desde entonces, le estoy enormemente agradecido, porque me evitó cualquier otra decepción, porque en unos segundos se me mostró tal cual es: interesado, grosero y maleducado, porque la buena educación no es un traje que se quita y se pone, se lleva siempre encima y se manifiesta con todo el mundo. Esa fue mi enrome fortuna, desde aquel momento siempre le he visto empujando contra la pared a todo el que le estorba en su camino y utilizando y engatusando a aquellos de quienes espera algo.
 
Y esto que os acabo de contar no es lo más grave que sé de él, porque, aunque feo, no deja de ser un gesto. Sé cosas peores de él, de las que, pese a haber tenido conocimiento directo, al no haberlas sufrido en primera persona no me considero autorizado a contar en público. Me basta con recordar, ahora que parece haberse ceñido el cilicio de la expiación anti abortista, que Gallardón no es sólo ese cursi redicho que a veces se pasa con las copas y se achispa o esa especie de neurótico que no soporta cruzarse con nadie cuando sale de su despacho y por eso tiene prohibido, quienes trabajan o han trabajado con él lo saben, que haya nadie en el trayecto.
A la gente le sorprende descubrir que detrás de tanta fineza se esconde un ser primario y ambicioso, una especie de Cromañón con pretensiones, que ahora -a buenas horas mangas verdes- pretende convertirse el paladín de la mujer cristiana, virtuosa y madre, con lo que deja ver que sólo ve a las mujeres como floreros o como macetas en las que depositar una semilla para que dé su fruto.
 
Y por si eso fuera poco, pretende, como ha hecho hoy en el congreso, adornar su discurso, retrógrado y franquista, que encajaría a la perfección en los Principios Fundamentales del Movimiento, con citas de Manuel Azaña o Martin Luther King, debería darle vergüenza tener tan poco respeto por personajes de tanta dignidad, utilizando y retorciendo sus palabras fuera de contexto.
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