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¡AL TEATRO!, por Javier Astasio

 
No sé si a vosotros lectores os ocurre como a mí, que no quepo en mí de asombro porque un pueblo, el catalán, al que siempre he tenido por sabio y prudente, esté consintiendo desde hace años, ya con Artur Mas venía ocurriendo, el desgobierno al que le han llevado las circunstancias y, sobre todo, la hipócrita actitud de sus gobernantes, los de aquí y los de allá.
Tengo claro que gran parte de la responsabilidad de lo que ocurre, si no la mayor, hay que buscarla en esa estrategia del PP que, en tiempos de Zapatero, con una economía boyante en plena expansión de la burbuja inmobiliaria, no encontró otro camino para desalojar a los socialistas de la Moncloa que despertar el fantasma, hasta entonces adormecido, del separatismo y, con él, el del anticatalanismo. Y lo consiguió, con sus mesas, su recogida de firmas contra el estatut que hace diez años se habían dado los catalanes, con sus boicots, con el pim pam pum contra todo lo catalán que tanto rédito electoral le dio al PP, pero no sólo al PP, fuera de Cataluña, ahí tenemos, si no, a los socialistas de la vieja guardia desde Bono hasta Ibarra y sus amigos, toreando a sus ya muy desencantados electores a cuenta del mito de la proverbial avaricia de los catalanes, y qué decir ahora de Ciudadanos, un partido creado "ad hoc" para combatir las aspiraciones catalanas, lanzado ahora a la conquista de la Moncloa, en dura disputa con el PP.
Lo tengo claro, pero más claro tengo que el independentismo de última hora fue para CiU otro capote tras el que ocultar sus corruptas vergüenzas, una cortina de huno , una huida hacia adelante, una vieja táctica, la del falso martirio, que brindó a Esquerra la posibilidad de hacer posible el viejo sueño de la independencia, un sueño al que se aferraron millones de catalanes, no todos, ni siquiera la mayoría, pero que a los soberanistas, complementados por las extraña CUP, les bastaron para incendiar la calle, utilizándola como coartada para ejecutar sus planes de subversión de la democracia, ayudados, eso sí, por la torpeza de proporciones bíblicas del ya prácticamente olvidado Rajoy, que, con un discurso más que innecesario, llegó a embarcar al monarca, tan torpe como él, en una estrategia que sacó del armario los peores sentimientos contra "el borbón", origen del secesionismo catalán.
Esa torpeza de Rajoy, concatenada con los envites, primero de Mas, luego de Puigdemont, como si hubiesen sido diseñadas por la misma mente perversa, el "yo voy aún más lejos" que acabó en aquel penoso 1 de octubre, del que está a punto de cumplirse un años, el encarcelamiento de los "jordis" y los consejeros, la fuga de Puigdemont y el resto de su gobierno, los aspavientos procesales, primero de la Audiencia Nacional, después del Tribunal Supremo, el rocambolesco peregrinar del president en fuga, el 155, las elecciones, que ganó Arrimadas sin intención de asumir en la práctica el resultado, el cierre del Parlament hasta octubre, hurtando el debate político a la sociedad catalana, reduciéndolo a un par de bloques vociferantes poniendo y quitando lazos, de plástico, por cierto, en calles, plazas, puentes y balcones, reduciendo el debate a ruido, cuando no a bronca pura y dura, sin que casi nadie recuerde ya dónde y cuándo empezó todos y sin que nadie, eso es lo peor, sea capaz de ver una salida para este enquistado conflicto que  está dejando a una parte importante del territorio del Estado sin un gobierno efectivo, capaz de hacer algo más que convocar marchas y visitas a las cárceles.
Esta tarde, Joaquim Torra, ese president que va más a Waterloo que al Parlament, ese señor que más parece el mayordomo de Puigdemont que el verdadero president de Catalunya, inaugurará el curso político, no en el parlamento, sino en un teatro, el Nacional de Catalunya, pero teatro al fin. La cosa me da que pensar y, ahora que lo pienso, no recuerdo tener noticia de debates parlamentarios de Adolf Hitler, Benito Mussolini, Franco o Stalin. Quizá sea porque a los "grandes hombres" les va mejor con las arengas, con las banderas, los símbolos y las masas en las calles. Lo demás... no importa o al menos eso piensan, pensaban, ellos.
 
 
 

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