¡Al partido, al partido!, por Javier Astasio


Aún recuerdo aquellos tiempos, los de mi infancia, en los que, los domingos a primera hora de la tarde, la Glorieta de Embajadores se poblaba de camionetas, en realidad autocares desvencijados y supongo que piratas, junto a los que un "propio" voceaba sin parar "al partido, al partido", hasta que, repletas, emprendían viaje hasta el estadio Bernabéu que entonces aún se llamaba Nuevo Chamartín.

En aquellos tiempos de penurias. Eran tiempos en los que comíamos pollo sólo los domingos y ni lo comíamos todos ni todos los domingos, tiempos en los que una gaseosa era una fiesta y no digamos "una de pipas". Pero había fútbol, una presencia omnipresente y polivalente que lo mismo servía para esconder o aliviar los problemas reales que para suplir la libertad, consintiendo, aunque dentro de un orden, que fuésemos del Madrid o del Atleti, ya que no podíamos ser abiertamente socialistas o comunistas.

En todos estos años, España ha cambiado mucho. En especial Madrid que, por hacerse cosmopolita y "friendly" ha perdido mucho de su casticismo y la ternura que producía esa manera exagerada y un tanto bocazas, pero siempre con ingenio, de creerse el ombligo del mundo. Hoy el fútbol se juega a unas horas extrañísimas, y se ve por la tele, aunque sea de pago. Hoy el pollo está en todos los menús, casi como lo estaban antes las patatas y los chavales que hacían fiestas por una gaseosa ni se inmutan ante un "aquarius" o un "nestea". Hoy, aquel rincón de la glorieta donde paraban las camionetas se ha convertido en la base de las "kundas", esa especie de taxis, sucios y siniestros, que llevan y traen a los supermercados de la droga a los pobres heroinómanos, hijos, probablemente, de aquellos tipos de bocadillo en el bolsillo de la gabardina que esperaban toda la semana para escapar la sobremesa del domingo al paraíso del fútbol.

Sería fácil y reconfortante que esta España de las células madre y los coches alemanes ha dejado atrás a la del ambulatorio con escupideras, los motocarros y aquellas "rubias" con carrocería de madera. Pero va a ser que no, porque seguimos enganchados al cebo del fútbol y, si gana nuestro equipo o gana "la roja", somos capaces de olvidarnos de hipotecas, rescates, inflaciones y recortes. Somos así de estúpidos, somos así de simples. Somos tan simples como para haber elegido como piloto de un barco a la deriva a otro simple y nos sólo simple, cobarde además, que confiesa sin rubor que lee la prensa deportiva y, por como lo dijo, parece que quiso decir que sólo lee esa prensa. Un simple que después de lo de ayer, después de haber tenido que pedir el rescate para la apolillada banca española, algo que juró y perjuró que nunca iba a suceder, se esconde en su agujero y le deja el papelón al pijoministro de Economía, cuya palabra, aunque jure por Snoopy, tiene el mismo valor que tienen hoy las acciones de Bankia.

Rajoy, el cobarde de Rajoy, el irresponsable de Rajoy, el mentiroso de Rajoy ha escogido para asomar fuera de su madriguera el palco del estadio de Gdanks, durante el partido de debut de la selección española en la Eurocopa. Patético. Sólo espero que la cadena que retransmita el partido para España abra una ventanita en la pantalla para que podamos seguir minuto a minuto los gestos del presidente guadiana y así poder conocer el nivel de preocupación del más cobarde de cuantos estadistas han puesto su culo en el despacho del presidente.

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