Agüelez, por Gabriel Merino

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Viendo las fotos del 12M con los amigos del cole en Malasaña me doy cuenta de que ¡coño!, el tiempo pasa. Será  por el barrigón que saco en las fotos del evento pero hoy he decidido que, una vez más, voy a hablar del paso del tiempo. Y para hacer un elogio de lo que unos llaman crecimiento, otros madurez y otros sencillamente, que te haces viejo.

 

Mi amiga S. ,cuando lee el blog, dice que tengo ideas y formas de “abuelo encabronao”. Repaso algunas entradas desde hace tres años: “Siempre joven” iba del peterpanismo de algunos adultos que se resisten a crecer, a ocupar su puesto de adultos, a comprometerse con lo que les toca vivir y a sentirse de su edad. “De la jubilación de los baby boomers” iba de mi generación, la de los años 60, que siempre ha sido la parte ancha de la pirámide de la población aquí desde entonces hasta hoy, por lo que alguien podía haber previsto que algún día nos tocaría jubilarnos aunque vinieran muchos menos por detrás. “Éramos unos niños” era una reflexión sobre el joven que deja un cadáver hermoso, en referencia al libro de Patti Smith años después de la muerte de su amigo Robert Mapplethorpe como superviviente de una generación que caminó por el lado salvaje. Ese libro por cierto, me lo regalo mi amiga P. –el otro día, en las fotos de Malasaña- con la que empecé jugando con el cubo y la pala hace 45 años  y la otra noche ya hablábamos de tensiones y myolastanes –entre otras cosas-. “Et in Arcadia Ego” era, muy brideshediano, un repaso sobre lo que nos ha permitido vivir nuestra edad para contarlo después, como un personaje de Evelyn Waugh o como un abuelo Cebolleta. Coño. Sí me preocupa hacerme mayor, sí.

 

Esta mañana , fiesta de San Isidro en Madrid, pese a la edad que tengo ni me he ido a misa ni había reservado entrada a los toros –más que nada porque no me han gustado nunca- pero he estado atendiendo a la interesante entrevista que daba en la tele pública nuestra joven delegada del gobierno en Madrid, una pipiola que opinaba que se puede acampar en la Casa de Campo pero no en la Puerta del Sol –no sé que habría hecho en los tiempos de Sintel en la Castellana o con la familia que acampó durante años en Benavente para protestar por la mala praxis médica en la cirugía estética que dejó postrado a su hijo: ésta se debe creer que a los jóvenes de Madrid les gusta jugar a indios con la tienda quechua en los parterres, por eso les ofrece que lo hagan en un parque pero a tomar por saco-. Una vez más me he dado cuenta de que ser joven no conlleva necesariamente ser brillante ni inteligente ni arriesgado ni innovador ni solidario.

 

Y luego me encuentro con las ideas cristalinas de José Luis Sampedro, el nuevo libro de Noam Chomsky, el discazo en francés  -¡con versiones hasta de Piaf!- que acaba de sacar Iggy Pop, las declaraciones económicas que hace el sesudo premionobel Krugman… Y pienso en esta delegadita tan tersa o en el bótox de la Kirschner y me digo: “¡Pues coño, si ser joven es ser como estos, qué gusto hacerse viejo!”. Pienso que tengo entre mis amigos notables arrugados que hacían música, periodismo o política del tiempo en que se creía en cambiar el mundo y creo que, en eso, algunos jóvenes deberían recuperar ese espíritu.

Combativo, revolucionario,joven en el sentido hermoso de la palabra. We want it and we want it now. Otro gallo nos cantaría...

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