Agua de Lozoya, por Gabriel Merino

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No sé si, como dice la pegatina de los coches, ser madrileño es un título –que ya lo dudo-, pero si tenemos de siempre una marca de degustación de excelencia de nuestra casa regional no son las rosquillas listas ni tontas, el cocido, los huesos de santo, los barquillos, el vino de San Martín o las fresas de Aranjuez, sino el agua del Canal.

Desde que a Isabel II se le ocurrió traer a la capital el agua de la sierra de Lozoya mediante canalizaciones desde de la presa del Pontón de la Oliva a una fuente que manaba en el centro de la ciudad, la población y la infraestructura –Santillana, El Atazar, Filipinas, Plaza Castilla, los teatros del Canal- ha crecido pero, desde hace más de 160 años, todo forastero que llega a Madrid abre una espita y se sorprende de la calidad y gusto de un agua que es raro tomar ya no en Alicante, Tenerife o Barcelona, sino en Paris, Londres, Zurich o Nueva York saliendo directamente del grifo de casa. Es tan buena que en Madrid es raro que compremos agua mineral como es habitual en otras metrópolis con agua pública con sabor a petróleo o a sal. Además, es químicamente sana, poco calcárea y sirve para lo que tiene que servir: limpia y quita la sed con una competitividad inigualable.

Agüita de nuestra sierra. Siendo tan buena, el Canal de Isabel II se ha permitido durante este siglo y medio largo tener beneficios como empresa pública. Al contrario de otras empresas públicas de la Comunidad severamente deficitarias, parece que ahora su pecado es ese: ser competitiva, buena y con beneficios aún siendo de todos. Como ocurre con una buena justicia de oficio, una buena educación pública o una sanidad de todos puntera e inmejorable, parece que la  liberal dueña del feudo no puede soportarlo. Ya traje a estas páginas aquella frase con la que la condesa avanzaba que quizá pronto hubiera que pagar para ser bachiller. Ahora, en tiempos de crisis, tampoco teme desprenderse del Canal, señalando a los posibles inversores que, a diferencia de Telemadrid o AENA, se trata de una empresa a la que se le puede sacar pingües beneficios incluso en tiempos de déficit, ajuste de cinturón y paro:  "Todo el mundo consume agua”- ha dicho- por lo que es una empresa que ofrece en todo momento la garantía de "una rentabilidad muy alta". Y más rentable será si el comprador del 49% de las acciones presiona para que lo sea más subiendo el precio. Puestos a cobrar cosas que consumimos todos, condesa, ¿qué tal el aire?. Que sepa que la alcaldesa de Madrid dice que es también muy bueno a pesar de la boina, que eso de la contaminación viene con los vientos africanos. Y es que... ¡también respiramos todos!

Visto que las radiales de pago no se amortizan, va a ser cosa de cobrar por todo lo demás que, por cierto, ya pagamos con nuestros impuestos. No nos engañen con la entelequia del copago: copago es pagar desde  dos partes, pero en este caso las dos partes seríamos los contribuyentes. Y si al final, el objetivo de “su” liberalismo es desmontar lo público, funcione bien o mal, dé beneficios o pérdidas, lo que no sé es qué puñetas hace usted –no por votos, digo, sino por ideología y conciencia- apalancada en ese despacho de la Puerta del Sol como servidora pública. Si quiere cotizar para la jubilación o hacerse un blindaje millonario, pues ¡váyase a Bankia, como ya hizo su amigo el ex ministro Rato!. Ahí los madrileños podemos cerrar la cuenta, pero no podemos -bien lo sabe usted- clausurar el grifo.

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