Agosto cruel, otoño caliente, por Javier Astasio



Ya no sé qué pretenden. Mejor dicho, preferiría no saberlo, porque cada vez está más claro que están aprovechando la desmovilización del mes de agosto para clavar, lo de recortar ya se queda corto, sus tijeras en la parte más débil de la sociedad, los parados al borde de la exclusión, los inmigrantes sin papeles, los ancianos ingresados en residencias, los padres de familia con hijos escolarizados y toda una enorme lista de colectivos cada vez más desprotegidos y cada vez más incómodos para todos estos señoritos pilaristas, salesiánicos o jesuítcos que sólo entienden la caridad cristiana de la puerta de su casa para adentro y, eso, siempre que no tengan "servicio".
Tampoco hoy puedo perdonármela pregunta del millón: ¿cuánto tiempo hace que esta gente no se codea con gente de carne y hueso, con esa gente "normal" que sufre y cada vez tiene más miedo? Lo peor es que, de esa formación recibida entre sotanas, sesiones de cine de "valores" cristianos, capilla y ejercicios espirituales, les ha quedado la huella indeleble del fariseísmo, que les impide hacer las cosas "por derecho", mirar de frente y llamar a las cosas por su nombre.
Ayer fue ese crimen contra l humanidad que supone expulsar del sistema sanitario solidario y de todos a quienes quizá más lo necesitan, haciéndoles pagar una cuota digna de una sociedad médica, si no de lujo, sí inasequible para muchos ciudadanos con trabajo. Hoy se descuelgan con un "problema contable" que les impide pagar a los parados que están al borde del abismo los cuatrocientos euros que les permitían pagar lo imprescindible y mendigar entre la familia y los amigos el resto. No hay dinero para eso en la caja, aunque sí lo habrá, seguro, para pagar los sueldos y as dietas de ministros y diputados.
¿Qué están buscando? ¿Acaso un estallido desesperado de violencia que les permita volver a métodos y leyes del pasado? Yo no descartaría esto último. Hay gente a la que los derechos, más allá de los suyos, les quedan grande o, cuando menos, incómodos. Hay gente que entiende más de porras y pelotas de goma que de diálogo y justicia. Luego, el resto, cuando todo haya pasado, a perdonar, como a Fraga se le perdonó la matanza de obreros de Vitoria, en plena transición, que sólo las ganas de superar el terror entonces reciente evitaron que se convirtiese en algo peor.
La gente que ve sufrir a los suyos sin ayuda alguna, en una nave abandonada, o en un piso patera, no va a tener escrúpulo alguno para arrebatar por la fuerza a quienes tienen lo que necesitan y creen que es suyo. Un joven sin futuro que ve como cada vez llega menos dinero a casa, mientras la sociedad de consumo sigue guiñándole el ojo, tampoco dudará en arrojarse a aguas oscuras para salir a flote vete a saber dónde.
Mi única esperanza es que la calle no haya perdido el sentido común. Mi esperanza es que la calle sepa la fuerza que tiene y la sepa utilizar. Mi esperanza es que no se deje llevar por iluminados y violentos, probablemente a sueldo o en beneficio de quienes dicen combatir, y consigan, con su fuerza serena y organizada, acorralar a estos no sé si más inútiles que hipócritas que han llegado al gobierno en el peor momento y dispuestos s desmontar el campamento en el que deberíamos estar a cubierto.

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