Adiós, Esperanza, adiós, por Javier Astasio

 
 
Vestida de blanco pureza y a la hora en que, como bien sabe quien está más que acostumbrado a manejar los medios, no cabe el análisis. A las dos y unos minutos, con todos los informativos en marcha, Esperanza Aguirre tocó la campana de su dimisión con una puesta en escena más que envidiable, porque en eso, la condesa de Murillo, hay que reconocerlo, es único.
Ella, siempre inflexible y ordinaria y cruel con sus adversarios supo hacer los pucheros justos, supo quebrar la voz donde correspondía para que nadie osase pararse a pensar en lo que deja en la Casa del Correo, toda la basura que hay escondida bajo las alfombras y todo el daño que ha hecho al estado de bienestar en esta extraña autonomía del himno raro y la bandera de las siete estrellas.
La llegada de Aguirre a la presidencia de la comunidad de Madrid fue irregular y tuvo que ver con el cemento, porque quién ignora a estas alturas que Tamayo y Sáez, los del tamayazo, que aquellos tránsfugas miserables no eran otra cosa que peones de la especulación inmobiliaria. Su salida también es irregular, porque, por más que insista, nadie decide a media mañana acabar con treinta años de carrera y, menos, sin concluir lo que tiene a medias.
Esperanza Aguirre no se ha muerto, pero ha movido las teclas precisas para que la prensa y el mundo de la política sean con ella tan piadosos como lo fueron a la muerte de Manuel Fraga. Sin embargo, creo que nuestra obligación es no dejarnos llevar por sentimentalismos y, siguiendo el ejemplo de Duran i Lleida, que también ha superado un cáncer, buscar, más allá de las lágrimas tiernas y el lamento de los violonchelos, las verdaderas razones de esta "espantá" de doña Esperanza.
¿Quién nos asegura que esta señora no ha vuelto a engañarnos con las cuentas del déficit? Ya lo hizo una vez, poniéndose de ejemplo frente al resto de comunidades, mientras escondía mil millones de euros impagados en cajones llenos de facturas.
¿Quién nos dice que lo de Eurovegas va adelante? ¿Alguien ha vuelto a oír habar de ubicaciones, fechas o presupuestos? Yo, al menos, no.
Os preguntaréis qué es lo que ha dejado a cambio. Pues poco o nada. Incluso me atrevería a decir que, como ya hiciera la Tatcher en Reino Unido, amiga de mafiosos y fascistas, ha agrandado de manera preocupante la brecha que divide a ricos y pobres en Madrid. No puso un céntimo para las ayudas a la dependencia, ha retirado becas y ayudas en todos los niveles de la enseñanza, de un plumazo, ha echado a la calle a miles de profesores de la enseñanza pública, abarrotando aulas y abandonando a los chicos con dificultades. Recortando en lo público y subvencionando lo privado y, ojo, lo sectario, ha conseguido el contradiós de que lo que reciben los colegios privados sea ya más de lo que perciben los públicos. Ha subido el transporte, después de sacar al Metro todo el partido político posible y de endeudarnos hasta no se sabe cuándo en extensiones que, ahora, se han revelado poco rentables. Ha llenado Madrid de hospitales no siempre necesarios, pero incompletos y poco o mal dotados, hospitales que explotan sus amiguetes, los mismos que ahora pretenden renegociar al alza los conciertos de explotación. Se ha enfrentado con saña a los sindicatos, tildando a sus representantes de vagos y no sé cuántas cosas más. Ha arruinado la televisión pública y, ahora, la vende de saldo... En fin, la lista sería inmensa y siempre quedaría alguna miseria fuera.
Aún así no quiero dejar de mencionar que bajo su mandato germinó y creció la más extensa red de corrupción que ha conocido la España democrática, la red Gürtel, cuyas consecuencias aún están por ver.
Tengo la impresión de que Aguirre ha olido el tufillo de los motores recalentados, ha cogido el único paracaídas a la vista y ha saltado del avión. La marcha de la condesa no se explica sólo con la rueda de prensa de ayer. Las causas y las consecuencias de su marcha aún están por ver y serán el tiempo y las miserias de quienes la rodearon tanto tiempo las que acabarán explicándola.
Por último algo que no sé si es sarcasmo o falta de información. Cuando ayer tuvo que decir aquello de lo que se sentía más orgullosa, no dudó en decir con ese “desparpajo” que no es otra cosa que cara dura, que de la enseñanza bilingüe en los colegios. Desde que la escuche, no he dejado de pegar la oreja a la ventana, vivo en un primero, y, es verdad,   todos los niños que pasan, camino del cole, van charlando animadamente en la lengua de Shalespeare.
 
 
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