Adiós a Claudio Carudel, por @dycturf

Ha fallecido el mejor jockey de nuestro país. El nombre propio que, aficionados o no, ligaban con las carreras de caballos en España. Ayer 8 de julio, a los 74 años de edad,  y tan de repente como hacía aparecer a sus caballos en el poste de llegada, se marchó en Madrid Don Claudio Carudel. Se fue la persona. El recuerdo y el mito siguen en la pista de La Zarzuela.

A Claudio Carudel le admiré antes de conocerle. Esa secuencia es, casi siempre, motivo de desilusión. Y es que como leo, a un amigo hípico en uno de los muchos mensajes que los aficionados hemos subido a nuestros foros, no se sabrá muy bien si era más grande como jockey o como persona. Creo que, repasando su historial, eso lo dice todo.

Cuando últimamente le veía en el Hipódromo, casi siempre en la zona de bajada de los caballos del antiguo ensilladero, me preguntaba cordialmente por mi madre. “A ver si te la traes algún día a las carreras”. Y digo esto porque la última vez que le vi en el Hipódromo hace dos semanas bajaba junto a su mujer Mari Carmen hacia la nueva zona del recinto de ganadores. Era su día y lejos de los oropeles, que acompañan ahora en La Zarzuela a determinados personajes, él seguía tan maravillosamente humilde como siempre y a su mujer la vi  igual que muchas tardes en la grada de preferencia debajo de los palcos de socios. Allí veía y disfrutaba de los triunfos de su marido con la misma cautela que él los celebraba en la pista.

Recuerdo que hace un año cuando con motivo de la despedida de Mauricio Delcher, como preparador en activo, escribía esta misma anécdota en A Galopar, sobre dónde veían ambas familias las carreras, Claudio me dijo: “Me ha gustado leerlo, pero tienes buena memoria porque tú por entonces eras un crío”. Así creo que me veía, y yo orgulloso, como el hijo de su amigo Benito. Por eso mis encuentros en el Hipódromo siempre terminaban hablando de familia o de años pasados.

La Zarzuela, su templo, dónde impuso su ley durante tres décadas ya no es lo que era, pero verle en sus gradas ponía a los aficionados de siempre un punto de nostalgia y cariño necesario para mantener esta afición. Cada vez quedan menos recuerdos de los gloriosos años 80 cuando cada domingo uno se levantaba con la satisfacción de poder ir a ver caballos montados por Carudel. La famosa gemela Carudel-Román ha marcado una generación y por siempre será recordada. Una dualidad bien llevada y respetada por todos los aficionados, que si algo tienen en común es su admiración por el Rubio de Oro por igual entre sus partidarios y los de Román Martín. (ver artículo Román-Carudel)

No habrá ningún aficionado hoy lunes que se haya enterado de su fallecimiento y no haya buscado en su memoria un recuerdo amable o cariñoso con el gran Claudio Carudel. Porque después de ser ídolo en pista siguió siendo persona fuera de ellas y lo más importante trató de difundir entre los turfistas un espíritu de cordialidad y unión, inexistente en el actual Hipódromo, pero que en su persona confluía en cada una de sus palabras y acciones. Tras la Reapertura se puso al frente de la Escuela de Aprendices, pero el proyecto no cuajó. A él no se le escuchó un reproche. Es más de aquella época me quedo con una frase que nunca se me olvida. Cuando los periodistas le preguntaban cual eran los requisitos para entrar en la Escuela de Aprendices. El gran Claudio nunca contestaba por los consabidas y lógicas cualidades físicas, sino con una frase que lo resume todo. “¿Requisitos? El primero, imprescindible, y casi único; amar los caballos. El resto se aprende”.

Descanse en paz.

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