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Ada Pilatos, por Javier Astasio

 

Poncio Pilatos, el prefecto de Judea que envió a la cruz a Jesús ha pasado a la Historia como ejemplo de eso que los castizos llaman “nadar y guardar la ropa". De hecho, Pilatos, que no quiso llevar sobre su conciencia la sangre de un inocente, dejó al populacho a decisión de enviar o no al nazareno a la tortura y la cruz, decisión que a él le correspondía como máxima autoridad del imperio romano en Judea, mientras se lavaba las manos ante ellos, dando a entender que la no era suya la última palabra.
Pilatos sabía perfectamente que la muerte del reo no concordaba con las leyes que le había tocado administrar. Por eso, no queriendo enfrentarse a la "caverna" del integrismo religioso judío, que veía a Jesús como un peligro, dejó la decisión a la turba concentrada ante su palacio.
Al final, Pilatos quiso quedar bien con unos y con otros, ha pasado a la Historia repudiado por unos y por otros y como ejemplo de quien se esconde tras la masa para no asumir sus responsabilidades y su gesto, lavarse las manos, como ejemplo de aquel que no quiere buscarse problemas decidiendo.
Algo así acaba de hacer Ada Colau, mi admirada luchadora social, adalid de la lucha contra los desahucios, injustos y crueles, que tantas vidas arruinaron en esta maldita crisis, que, una vez en la alcaldía, como en el juego de "el rey de la montaña", parece más preocupada por conservar la vara que por mantener la coherencia.
Nunca un alcalde de Madrid o Barcelona ha estado tan pendiente de los medios como lo ha estado ella. Y digo bien, porque solicitudes de entrevistas y participación en debates televisivos se reciben todos los días en casi todos los ayuntamientos importantes y lo que merece admiración, al menos para mí, no es repetir el mismo discurso cansino e inane, cuando no contradictorio, por estudios y platós de media España. 
Pues bien, eso es lo que viene haciendo Colau desde que el procés se manifestó en toda su crudeza, hablar de unos y de otros, como si el asunto no fuera con ella ni con los millares de ciudadanos a los que representa. Ada Colau, con su tono de voz condescendiente, como de hermana mayor que sabe todas las respuestas y aconseja a los pequeños desde su sabiduría indemostrable. Cuando habla, teje un discurso largo, larguísimo, en el tono monocorde del niño que improvisa la lección que aún no tiene aprendida, entrando y saliendo de los charcos que pisa, como ese reptil, el basilisco, que, a base de velocidad, en su caso de palabra, es capaz de caminar sobre el agua sin hundirse ni mojarse.
Pero todo tiene un límite y en algún momento se va más lejos de lo que se debería haber llegado y ese discurso hipnotizante no basta para explicar lo que no tiene explicación. Y eso es lo que ha ocurrido con su decisión, delegada en las bases, pero promovida, como siempre, desde la élite, de romper el pacto con el PSC desde el que gobernaba hasta hoy el Ayuntamiento de Barcelona.
Para lo que ha hecho, sólo encuentro una explicación, la de que su partido no quiere aparecer en la foto previa a las elecciones del 21 de diciembre de la mano del PSC, al que, hoy mismo, ha acusado de la aplicación del 155 en Cataluña y a su líder, Miquel Iceta, de "hacerse selfis" con el PP, como si los suyos con Puigdemont o Junqueras no hubiesen existido.
Aún es pronto para el salto de la alcaldesa a las autonómicas o a las generales. Quizá, ya, no sea ni siquiera posible y, por eso, ha hecho esta maniobra más efectista que otra cosa, con la que su partido se haría perdonar el pacto con el PSC en el ayuntamiento, lo que agudizaría su perfil soberanista y, de paso, garantizarse un apoyo de Esquerra que quizá acabará necesitando en las próximas municipales.
Ada Colau, pensando en su propio interés o en el de su partido más que en el de los barceloneses, se ha comportado como el prefecto Pilatos, dejando la ruptura del pacto en manos de la exigua mayoría de una asamblea, lo que no debe olvidar es que, sin salir de la Historia ni del Imperio y como dijeron a los asesinos de Viriato, “Roma no paga traidores".