ACABAR CON EL CORSÉ, por Javier Astasio


De repente, se acabó el verano. Un verano extraño, un verano de mal estudiante, de estudiante desganado y aburrido, al que junio no le fue propicio y ni julio ni agosto le han servido para poner las materias "cateadas" al día. Un estudiante que se enfrenta a los exámenes como un mal trago, un trámite por el que hay que pasar sin la más mínima esperanza de superarlo para seguir adelante.
Bien es verdad que, a ese estudiante, después de tantas horas perdidas ante los apuntes, después de tantas ilusiones, angustias y fracasos, le han crecido espolones y se le ha retorcido el colmillo, para bien y para mal. Bien es verdad que ya no es el mismo, porque conoce as dificultades y los tics de quienes le han de tomar la lección.
La sensación que tengo al enfrentarme a este nuevo curso político, con las mismas materias, los mismos profesores y los mismos compañeros del que acabó en fracaso hace apenas tres meses, es la misma sensación que tuve cuando, aquel septiembre ya lejano, cuando equivocadamente estudiaba Veterinaria, me vi incapaz de superar los exámenes de septiembre, con las mismas asignaturas que ya no me ilusionaban, con el hastío acumulado en los meses perdidos. Bien es verdad que fui capaz de armarme del valor suficiente para reconocer que así no podía seguir, primero ante mí mismo y después ante mis padres, comprometiéndome en un giro de ciento ochenta grados que, para mi fortuna, acabó resultando positivo.
Creo que el país, y me refiero a España, porque al otro país, EL PAÍS, lo doy ya por perdido, está ante una encrucijada como la que yo viví. Lo que le ocurre a España, a los españoles, es que la carrera que estudia ya no les satisface, en una facultad y con unas normas que no le sirven. España ha demostrad, y por dos veces, que no quiere estudiar bipartidismo. Lo malo es que aún sigue matriculada en esa carrera en la que, por desgracia, no está contemplado que los partidos con capacidad de decidir y proponer leyes sean más de dos, porque, por mucho que se ganen elecciones, esas victorias no bastan para formar las mayorías precisas para gobernar.
Lo malo, lo peor de todo, es que el parlamento, el terreno de juego, en el que han de confrontarse unos y otros sólo está pensado para dos, porque en él se pintaron las rayas que marcan sus límites y se dictaron las normas para que los contendientes fuesen sólo dos y, de haber un tercero, se le pudiese ir arrinconando hasta sacarle fuera por las buenas o por las malas.
La ley electoral y los reglamentos de las cámaras en las que ha de hacerse la política están diseñadas para que, en España, haya sólo dos partidos. Pero no sólo eso, el sistema, y no me refiero al político, más bien hablo de las grandes corporaciones, las que estrangulan al poder para debilitarlo y hacerlo dócil y manipulable, se maneja mejor con dos partidos, dos voluntades a los que engatusar, manejar o, por qué no, sobornar, para pagar impuestos ridículos mientras el país, muy especialmente, nuestra Seguridad Social, se asfixia. Por eso presiona y presiona hasta alinear al PSOE junto al PP versión A y el PP versión B, aún a costa de su ruptura y la desafección de sus votantes,
Al IBEX 35 no le gusta que sus asuntos dependan de la decisión de tres o más partidos, porque es más fácil "llevarse al huerto" a un diputado "de los de toda la vida" que a un "rasta", aunque nunca se sabe. Por eso, el IBEX 35 y su acorazada de opinar, desde el ya decadente t desacreditado Juan Luis Cebrián al Financial Times, tratan de quebrarle la cintura a Pedro Sánchez, para que el "Pacto de los toros de Guisando" sea a tres y no sólo a dos, porque Coalición Canaria es ahora más simbólica que necesaria.
Por eso, en este curso que comienza, alguien tiene que atreverse, alguien tiene que desatar el corsé que comprime la voluntad de los ciudadanos, para esconder los michelines de su diversidad y convertirla en una imposible cintura de avisa que, antes o después, en lo general y en lo particular, acabará doliéndonos.
No sé cómo ni sé quién lo va a lograr, pero alguien tiene que acabar, no con el bipartidismo, que de eso nos encargamos los ciudadanos, sino con el corsé legislativo que se encarga de modelar nuestra voluntad.

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