Abusar del bienestar, por Javier Astasio

 
Reconozcámoslo, abusamos de la Sanidad. Nos hemos acostumbrado a los quirófanos, las diálisis, las ambulancias, los chutes de insulina, las urgencias, el láser para no quedarse ciego... nos hemos acostumbrado y todo eso está por encima de nuestras posibilidades. Es más, la vida misma está por encima de nuestras posibilidades. Qué hacemos en las grandes ciudades tantos nietos del surco y del arado, algunos con carrera y casi todos con piso y coche ¿Acaso no entendemos que todos esos privilegios lo son de los ricos, de los hijos de los que ganaron la guerra, de los hijos de quienes usurparon o compraron con ventaja tantas tierras y tantas fábricas de los vencidos?
No, no es que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que ocurre es que la vida a la que aspiramos, la vida a la que dice la Constitución que tenemos derecho nos queda lejos y no sólo eso, cada día, como la utopía de Galeano, la alejan más de nosotros, pero no para estimularnos a perseguirla, sino para dejarnos a un lado del camino, abatidos y desesperanzados.
Veníamos de un país que sobrevivió a una dura posguerra y que, por la soberbia y la crueldad de ese dictador al que tanto parecen añorar algunos, lo hizo de espaldas al mundo. Venimos de un país en el que las grandes ciudades crecieron a partir de los barrios de chabolas y barracas que, cansados y con hambre de siglos, levantaban los que buscaban una vida mejor al lado de esas carreteras que les habían traído desde el pueblo y la miseria. Veníamos de allí y llegamos a creer que, con la democracia, habíamos llegado a esa tierra de promisión, esa tierra de leche y miel en la que cada uno llegaría hasta el lugar que le llevasen sus méritos y en el que nadie quedaría desprotegido, porque el fuerte cuidaría del débil y la solidaridad sería la única religión.
Qué ilusos. En cuanto a los de ricos de siempre, los de toda la vida, les llegó el barrunto de que, con tanto hijo de obrero ahí arriba, con tanto advenedizo, lo suyo no duraría mucho más, en cuanto lo tuvieron claro, se encargaron de desatar en los recién llegados los instintos más bajos, el egoísmo, la desmemoria y ese "lo mío es mío" que tanto daño ha hecho a la humanidad.
Os preguntaréis a qué viene esta disgresión. Pues viene a que no todos son como esa gente terrible y tóxica del último párrafo. Viene a que, en la enseñanza, en la sanidad y, por qué no, también en la justicia sigue habiendo gente empeñada en acortar las distancias y en compensar a los débiles por todas las oportunidades que les negó la vida. Maestros, a mí me sigue gustando llamarles así, que se han esforzado siempre en apoyar a quien, sin apenas recursos, valía. Albert Camus dedicó su discurso de aceptación del Nobel a ese maestro que en Argel "tiró" de aquel hijo de una humilde mujer viuda y sorda que llegaría a ser él mismo. Y Camus sabía lo que hacía, porque este mundo necesita de muchos Camus y muchos maestros como el suyo.
Pero no sólo los maestros. También los médicos y el resto de sanitarios que, bajo una presión enorme y, a veces, con la incomprensión y la ingratitud de alguno de sus pacientes, nos dan su conocimiento y su trato amable, seamos ricos o pobres, cultos o no, con familia o sin ella. Y ahora también, aunque lo hayamos sabido tarde, los jueces que fueron los que si no primero, sí con más autoridad, denunciaron la crueldad e injusticia de los desahucios, pero que, las más de las veces, en el día a día, tratan de equilibrar este mundo egoísta e injusto.
Todo eso, todo eso y que los mayores disfruten de una pensión digna, es eso que llamamos Estado de Bienestar. Y nos lo quieren quitar. Nos lo quieren quietar, porque ellos siempre quedarán a cubierto. Ellos seguirán yendo, con la plusvalía de nuestro trabajo y sus ganancias de la especulación, de la corrupción o de la bolsa, podrán curarse en clínicas norteamericanas o suizas, sus hijas podrán ir a abortar a Londres y sus hijos a universidades de renombre o, si son unos zotes, a las de aquí.
Nos lo quieren quitar y, ahora que Alemania ha suprimido el copago sanitario, entre otras cosas porque no ha retraído el uso de la sanidad y los enfermos que realmente están enfermos, que son, si no todos, la inmensa mayoría, siguen yendo al médico... ahora que Alemania lo deja, aquí lo agudizan extendiendo el copago en las recetas al traslado en ambulancia de los enfermos crónicos que, por ejemplo tienen que acudir, a veces a bastantes kilómetros de su pueblo, a someterse a tratamientos tan cruciales para su supervivencia como la quimioterapia o la diálisis, como si estos enfermos fuesen de paseo o de excursión en ambulancia.
Efectivamente, se abusa del Estado de Bienestar. Abusan quienes quieren venderlo troceado y a precio de saldo a quienes, cuando lo tengan bajo su control, se ocuparan sólo de lo que les resulte rentable. Los demás, a las tinieblas.
 
 
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