Abortar la ley del aborto, por Javier Astasio



Parece que, definitivamente, la ley Gallardón, que en realidad lo ha sido de todo el gobierno, acabará, no ya en un cajón, sino en la más oscura de las papeleras de la Historia, porque, sinceramente, no creo que haya nadie capaz de rescatar una ley como ésta, planteada no con criterios conservadores, sino decimonónicos que, desde una mentalidad machista que ofende la inteligencia de las mujeres a la vez que coarta su libertad, convirtiéndolas en ciudadanas de segunda y rehenes de un pensamiento que tiene poco o nada que ver con  las necesidades y el sentir de la España del siglo XXI.
Insisto en que la frustrada ley tuvo el beneplácito de la mesa del consejo de ministros y añado que, si alguno mantenía reservas hacia ella, se comportó como Fraga, padrino político que fue de Gallardón, que mantuvo su culo en la silla de aquellos consejos de ministros de Franco en los que se firmaba el "enterado" de penas de muerte. Pero ninguno de los ministros de Rajoy tuvo arrestos, como ninguno de los de Franco los tuvo, de levantarse de la mesa por eso tan raro hoy en día y más en política que llamamos principios. Así que que no nos vengan ahora con pamplinas, porque la ley que ya no verá la luz, y sólo por conveniencia, es también suya.
Esto último es algo que tendríamos que tener claro, tanto para el PP como para todos los partidos, que, cañudo le damos nuestro voto, tendríamos que tener claro que nos hacemos solidarios con todo lo que haga si llega a gobernar. Y eso, en el caso de la reforma de la legislación en materia de aborto, estaba en el programa. Así que quien votaba las ventajas de una rebaja de impuestos, que no lo olvide, daba también su voto a la delirante ley del aborto que hizo Gallardón para el PP y para sus votantes. Y es que, como le escuché decir a Santiago Carrillo a propósito del propio Gallardón, cuando aún gozaba de una cierta pátina de progresismo, "no conozco en el PP a nadie que no sea del PP". A lo que yo añadiría que no conozco a nadie que vote al PP, aunque sea por conveniencia, que no suscriba su ideario. O, al menos, así debería ser.
Y por seguir con Gallardón, un ministro tan escurridizo en el verbo y tan demagogo como él no merece otra cosa que que se haga demagogia con su abortada ley. Sí, digo bien, digo abortada y lo digo porque esta ley, aberrante y llena de malformaciones, ponía en serio peligro la salud electoral de sus padres políticos. Para tomar la decisión, entre tanto ruido integrista como les venía de obispos y tertulianos montaraces, ha sido preciso, al parecer, el diagnóstico del gran gurú de las encuestas en el PP, Pedro Arriola, curiosamente casado con una de las pocas disidentes del PP en esta materia, que, al parecer, ha visto en los posos de la sociología los malos augurios para el futuro electoral de su partido que ya eran evidentes para todos.
Finalmente, la ley, una de las más salvajes de la democracia, se quedará en el camino, no sin antes haber propiciado en su contra una de las mayores movilizaciones que se recuerdan en los recientes años de democracia, aunando las protestas de colectivos feministas, organizaciones como Amnistía Internacional, sindicatos, partidos políticos, el movimiento 15-M y gobiernos y foros internacionales.
En cuanto a Alberto Ruiz Gallardón, autor y cantor de las excelencias de esta ley, se ha dejado en la gatera del trayecto muchos pelos. El primero, el del equivocado prestigio que, a pesar de sus más que despóticos gestos en la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, conservaba. Eso será, quizá, lo único bueno que nos deje la ley: haber enfrentado a muchos ante el verdadero rostro de este ser tan desquiciado, obsesionado por trascender en el tiempo, dejando su nombre en edificios y autopistas subterráneas y, por qué no, en una ley, aunque sea a costa de la salud, la libertad y la felicidad de las españolas y quienes compartimos nuestra vida con ellas.
Afortunadamente, y digo afortunadamente por el resultado no por lo que lo causa, el miedo al desastre ha provocado en el gobierno el aborto de su ley del aborto. Ahora es el turno del ministro al que sólo le queda demostrar dimitiendo que conserva algo de dignidad, si es que alguna vez la tuvo.


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