A San Francisco rogando y con la tecla dando, por Noelia Jiménez

Más de una vez me han preguntado cómo me emperré en ser periodista. A estas alturas, si lo supe no me acuerdo. Mi primo Iván dice que me dio la ventolera después de ver Me gustan los líos, la peli en la que Julia Roberts hace de plumilla novata, valiente y machacona, frente a un aguerrido Nick Nolte, al que, por supuesto, logra llevarse al catre. La verdad es que me habría gustado más parecerme a Michelle Pfeiffer en Íntimo y personal: al menos Robert Redford resulta más atractivo para mis hormonas.

El caso es que jamás he cubierto un choque de trenes como la Roberts, ni por supuesto he presentado un programa de máxima audiencia como la Pfeiffer: me faltan tetas y me sobran kilos. Y algún que otro escrúpulo. Porque ahora si no estás buena no eres nadie. Y si pasas de los treinta, date por jodida: las chavalitas de veintitantos tienen menos pedigrí pero dan mejor en cámara.

De la prensa escrita, mejor ni hablamos: en muchos casos, a lo más que puedes aspirar es a echar el cierre de la redacción y a vivir, ERE que ERE, de teletipos y notas de prensa, porque salir a cubrir una noticia es un lujo del que muchos mandamases han decidido prescindir para ahorrarse unos cuantos euros en taxis.

De la radio, qué quieren que les diga, tengo una visión tan romántica que prefiero no ponerme a pensar para no chafarme mi propia utopía.

He tenido que escuchar de manera machacona eso de que los periodistas somos la encarnación humana del buitre y durante años me he obstinado en combatirla, en defender lo que yo creía una vocación sagrada: contar la verdad. Pero me he dado cuenta de que no hay por dónde cogernos: nos gusta hacer leña del árbol caído y, sobre todo, tirar el árbol sin antes haber comprobado si la raíz está podrida (lo de «No dejes que la realidad te estropee una buena noticia», más que una leyenda urbana, es el sancta sanctorum de algunas redacciones).

Trabajamos por ínfimos sueldos (lo último, según la Asociación de la Prensa de Madrid, es que algunos llegan a pagar por trabajar. Hombre, tan nuevo no es: más de uno ha sido becario gratis y ni siquiera le han pagado el Abono Transportes... ¿eso no equivale a ser puta y poner la cama?). Y, no contentos con eso, cuando logramos llegar a la poltrona universitaria, recomendamos a nuestros alumnos que se dejen créditos por aprobar (o sea, que no se licencien todavía, que no se licencien, por favor) para que puedan seguir siendo becarios por los siglos de los siglos amén. Y ellos, en vez de poner la correspondiente queja porque el deber de un profesor es fomentar el estudio y no combatirlo, van y obedecen como corderos. No saben que están cavando su propia tumba. Y, de paso, nos entierran un poquito más a los demás.

Ah, si quieren saber por qué me hice periodista, pregúntenle a San Francisco, nuestro querido patrón, a quien el 24 de enero rogamos con la tecla dando. Ni lo sé ni quiero saberlo. Y de paso, pídanle que me ayude a encontrar el tornillo que se me debió de caer el día que me matriculé en Periodismo.

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