¡A jugar!, por Javier Astasio

 
Como buen hijo de mi tiempo me pasé la infancia consciente, el bachiller elemental, escuchando a Don Manuel "el cura", un buen hombre de sotana raída y casi parda y sombrero, algo falto de entusiasmo, todo hay que decirlo, por lo que hacía. De aquellas clases tediosas recuerdo poco o nada, me pasa con todo, la parte del dogma, por no recordar, no recuerdo los mandamientos, y la liturgia. Sí recuerdo, en cambio, algunas de aquellos "aventis" de la Historia Sagrada, vidas y hechos con los que se pretendía ilustrar lo que deben y no deben hacer los hombres para agradar y no enfurecer a ese terrorífico dios que les hacía creer que eran dueños de su destino, pero, al final, quitaba y ponía a su antojo.
Recuerdo de todas aquellas historias la de aquellas Hiroshima y Nagasaki de la noche de los tiempos que fueron Sodoma y Gomorra, en las que aquel dios justiciero sólo encontró un hombre justo, Lot, al que avisó con el tiempo suficiente para que poner a salvo a su familia de aquel bombardeo. Por cierto, que visión comercial la de aquellos fabricantes de sal, poniéndole a su producto el nombre del personaje que, finalmente, perdió a su mujer, incapaz de superar la curiosidad, convertida en estatua de sal por rezagarse para contemplar el desastre.
Al margen de tan apasionante relato, lo que, con él, pretendían inculcar en nuestras tiernas cabecitas fantasiosas era que el sexo y el vicio, supongo que Sodoma estaba llena de burdeles, cines X y sex shops y que en Gomorra estaba llena de tablaos, tabernas, restaurantes, bares de copas y casinos, acaban por atraer la desgracia y también la ira de un dios que, de bondadoso, ha tenido siempre más bien poco.
Pues bien, está claro que ese dios ya no existe, está mayor o se ha corrompido y se deja sobornar por los mafioso que controlan todos aquellos negocios que tan famosas hicieron a Sodoma y Gomorra, porque las últimas ciudades arrasadas invocando la justicia, en nombre de la ira divina, aunque por mano del hombre fueron las otras dos, Hiroshima y Nagasaki y, que yo sepa, no eran conocidas por su afición al sexo y el juego.
Hoy, los guardianes de la moral, los que nos dicen que, si se hace en España y gratuitamente, abortar es el peor de los crímenes, los que abominan del amor entre personas del mismo sexo, los que, como siempre han visto la paja en el ojo del pobre y no ven la viga en la del poderoso, los obispos y todos los que les jalean, no han dicho ni mu ante el proyecto de esa nueva Sodoma y Gomorra, las dos en una, que ya tiene concedida en la Comunidad de Madrid, probablemente en Alcorcón, ese señor de la foto que pinta sus canas de un negro increíble y cubre sus ojos con gafas del mismo color, quizá para que no podamos leer en ellos todos los crímenes que dicen que arrastra ya por medio mundo.
No han dicho ni mu, porque esa síntesis de Sodoma y Gomorra que llaman Eurovegas, es la jugada que, ahora que las cartas vienen mal dadas, sostiene en su mano Esperanza Aguirre, la fiel aliada que, a cambio de llenar Madrid de píos autobuses cargados de no menos pías familias y catecúmenos no menos píos de las muchas parroquias que hay por España, les permite ocupar viviendas, conventos, iglesias y palacios sin pagar un céntimo en IBI, como el resto de hijos de dios.
Esta noche, el malo de la película, ese tipo terrible de la foto, del que se cuentan hazañas tan grandes como las del De Niro de Casino sin que, a cambio, tenga ninguno de sus encantos, ha puesto el huevo. Más bien lo ha enseñado, porque, como ya anunció el tan arisco como eficaz, Tomás Gómez, el huevo llevaba ya semanas puesto. Su Sodoma y Gomorra se vienen a Madrid. Sin embargo, ahora que se ha llegado a un acuerdo con el gobierno que dirige Esperanza Aguirre, comenzamos a conocer las verdaderas cifras que no son tan halagüeñas como nos las pintaban. Así, el complejo no funcionará a pleno rendimiento hasta dentro de diez años y él, el rey del juego y la prostitución, solo pondrá, a cambio de, no está claro aún, qué pérdida de derechos para los madrileños, un 35$ del coste total.
¿Verdad que ya no es tan bonito? Pues ya sabéis ¡A jugar! que dios y Esperanza Aguirre así lo quieren.
 
 
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