A dos metros bajo tierra, 13 años siendo única, por @MartaLobera

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Hoy he decidido hablar de una de esas series que dejan huella, que incluso te hacen cambiar la forma de ver o entender ciertas cosas, o sirven como terapia en momentos difíciles.  En este mismo blog comenté algo sobre ella cuando acababa de empezarla. ¡Cómo ha cambiado mi percepción de la misma desde entonces! Ahora, A dos metros bajo tierra, está en el podio particular de ‘series de mi vida’ que tengo en mi cabeza. Hace unas semanas se cumplieron trece años de su estreno en HBO y yo, que soy una tardona, decido homenajearla ahora. Estuvo en antena durante cinco temporadas y hoy en día sigue siendo una serie extraña, única y sobre todo, irrepetible.

A diferencia de otras grandes series, que con su éxito sentaron todo un referente y generaron una ola de nuevas producciones que bebían un poco de esos grandes títulos, por ejemplo Los Soprano, Buffy, Firends, Perdidos (¿Qué serie posterior a esta no ha sido vendida como ‘la nueva Lost’?), la ola de series nórdicas de la que ahora muchos otros copian la fórmula, etc., A dos metros bajo tierra es todo un icono televisivo, pero nadie ha seguido su estela. ¿Qué quiero decir? Pues que sí, es una serie de obligado visionado para todo seriéfilo que se precie y que es considerada de las mejores de la historia, pero nadie se ha atrevido, o nadie ha podido imitar su fórmula.

A dos metros bajo tierra, nos cuenta la vida de los Fisher, una familia que regenta una funeraria en Los Ángeles. Entre los muros de esa empresa familiar vamos conociendo las historias, tanto de la familia, como de todos los que acuden allí para despedirse de algún ser querido.

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Reconozco que cuando leí el argumento de la serie no me atrajo demasiado. Una serie que gira en torno a una funeraria no me parecía de lo más interesante. ¿Puede haber un trabajo que a simple vista resulte menos atractivo? Sin embargo, ahora considero que Allan Ball, creador de la serie, no pudo tener una idea más brillante. ¿Por qué no hacer una serie sobre la vida que se desarrolle en un ambiente rodeado de muerte?  La serie es una profunda e intensa reflexión sobre estos dos conceptos, que inevitablemente van de la mano. Entre tanto muerto, cada capítulo comienza con la muerte de alguien (antes de Juego de Tronos esta sería seguramente la serie donde más gente muere), nos encontramos con todo un tren de emociones, que te hacen pensar y reflexionar, como si fueras el mismísimo Nate Fisher, personaje clave de la serie, que con su vuelta a casa tras la muerte del patriarca marca un punto de inflexión en la vida de la familia y en la suya propia. Él se pasa la serie buscando la felicidad, ese estado en el que tenga todo lo que necesita para sentirse bien y completo, algo que siempre termina pareciendo inalcanzable. Realmente es lo que hacemos todos a lo largo de nuestra vida. Nate, en su búsqueda, pasa por muchos estadios y se hace numerosas preguntas, que a la vez calan en la conciencia del espectador.

Lo mismo ocurre con el resto de personajes, pero cada uno de una forma distinta. Los Fisher saben mejor que nadie, debido al negocio familiar, que la muerte está más que presente en cualquier momento y lugar (pero incluso a ellos les pilla de sorpresa cuando se trata de un ser querido),  y por eso a lo largo de cinco temporadas aprenden a sacarle el máximo jugo a la vida. Hay personajes/personas que tardan más en darse cuenta de que quizás ya es hora de dedicar tiempo a uno mismo, como le ocurre a Ruth Fisher, entregada madre y esposa, que tras perder a su marido y comprobar que sus hijos ya son totalmente independientes, no sabe qué hacer con su vida. Y así también podría hablar de David, el hijo perfecto, que siempre permaneció al lado de la familia, aplazando sus sueños y deseos con tal de no decepcionar a nadie, hasta que por fin decide empezar a liberarse. Por último tenemos a Claire, a la que conocemos en plena adolescencia rebelde y vemos crecer y madurar, aprendiendo de los errores, tanto de ella, como los de su familia.

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Cada uno de los personajes invita a reflexiones distintas, pero es difícil que alguno te deje indiferente. A dos metros bajo tierra te revuelve las tripas, porque toca de forma tan realista e intensa temas tan universales y que todos experimentamos, que es imposible que no te golpee. Y ese es su secreto, es fácil ver algo de nosotros en alguno de los personajes. No estamos ante una serie de grandes acciones, ni tramas trepidantes. Nos metemos en el corazón de una familia que perfectamente podría ser la nuestra y nos exponen situaciones cotidianas, aderezadas con cierto humor negro y momentos de surrealismo puro. Cito aquí unas palabras de un maravilloso artículo del siempre acertado Fuertecito no ve la tele, en el que explica mejor que yo lo que quiero decir (os recomiendo que lo leáis entero):

[...] Y para lograr que esta manera de hacer televisión funcione es necesario contar con personajes sólidos, pero descargados de ficcionalidad -quedan prohibidos los arquetipos. Personas reales, a pesar de lo extremo de sus acciones, capaces de representar de la manera más fiel posible el propio mundo interior del espectador. Y por suerte, no hay otro tipo de personajes en Six Feet Under. Insoportablemente humanos, los Fisher son probablemente los personajes televisivos con los que el espectador más puede involucrarse -y se involucra- emocionalmente. Es por ello que Six Feet Under no es una serie que se ve, sino que se vive, en el sentido más estricto de la palabra.

Por eso, A dos metros bajo tierra resulta tan bonita, extraña y única, inimitable, irrepetible. Es televisión con mayúsculas, pero cuesta creer que se pueda realizar un producto parecido, que no resulte un fracaso, o una caricatura de lo que llegó a ser la serie de Allan Ball. Además, cuenta con el honor de tener uno de los finales más perfectos (para mí el mejor) que nos ha regalado la televisión.

Trece años permaneciendo ahí, sin perder fuerza ni sentido, en el podio de las grandes series de la historia de la televisión. Eso sí, en solitario, sin imitaciones, porque es más que una simple serie, es una especie de terapia, que obliga a la introspección, a rebuscar en la conciencia, a reflexionar a través de las vivencias de los personajes. Al menos así es como yo la viví cuando decidí verla y comencé a sentir que en esa extraña familia había parte de mí y de las personas que tenía a mí alrededor, pocas series consiguen un efecto tan poderoso en la mente del espectador como lo hace esta. Hace 13 años que los Fisher aparecieron en nuestras pantallas para hacernos ver que la muerte está ahí para recordarnos que la vida es importante y hay que vivirla lo mejor que podamos.


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