¿A cada cerdo le llega su San Martín?, por Javier Astasio

 
 
Cuánto me gustaría que la respuesta a la pregunta del titular fuese sí, pero teniendo en cuanta la resistencia que ha ejercido la justicia valenciana a sentar en el banquillo al que fuera presidente de la Diputación de Castellón y todopoderoso hombre del PP en esa provincia, entenderéis que ese titular vaya entre signos de interrogación y que aún no las tenga todas conmigo como supongo que les ocurre a la gente de bien.
Carlos Fabra, hijo, nieto y padre de quienes desde hace quizá más de un siglo han hecho de su capa un sayo en Castellón, es un personaje siniestro más digno de las páginas de "El jueves" que de los telediarios, vestido siempre con el uniforme de "Martínez el Faca", grosero y faltón, prepotente y matón, al que hasta ahora le ha importado siempre un pito la opinión pública, porque sabe bien que esa opinión se puede fabricar y comprar.
Cómo, si no, iba a comportarse como lo ha hecho durante décadas, cómo ha podido pretender hacernos creer que semana sí y semana no le tocaba la lotería que, curiosamente, cobraba su chófer y hombre de confianza. Fabra ha conseguido hacer creer todo este tiempo a los castellonenses, no en su honradez, que bastante poco parece importarle que crean en ella, sino que nada de lo que ocurriese en la provincia, para bien o para mal, ocurría sin su consentimiento.
Algo de eso debía haber, cuando su caso ha pasado por más de una decena de jueces y fiscales que, como encerrados en una ratonera, hacían lo posible para abandonar la plaza y, con ella, el caso que se había enredado en su destino. Algo debe haber cuando, para poder sentarle en el banquillo, en más de una ocasión, el Tribunal Supremo ha tenido que  ha tenido que intervenir para enmendar la plana a la justicia valenciana, la misma que absolvió a Camps y dio un vergonzante carpetazo a la investigación sobre el accidente del metro de Valencia.
Algo debe haber de cierto en la leyenda que acompaña a un tipo que ha sido fundamental para la dirección de su partido, controlando con su influencia los congresos provincial, regional y por ende nacional. Algo debe haber de verdad, cuando el señor Fabra, como Bárcenas en tiempos ya casi olvidados, ha sido puesto como ejemplo y ha merecido la defensa cerrada que de él han hecho Aznar y Rajoy. Algo debe haber, cuando, a una llamada suya, se abatía cualquier barrera legal interpuesta entre la legalidad y los negocios de su esposa.
Es el poder omnímodo ejercido desde la cuna, del que también disfruta su hija Andrea, capaz de gritar en sede parlamentaria un "que se jodan" dirigido a los pensionistas, paganos y amortiguador, en gran medida, de las consecuencias de la crisis. El poder de quien, con distintos uniformes, aunque con las mismas ideas han venido dirigiendo en provecho propio los destinos de sus conciudadanos.
Pero haría mal el señor Fabra en pensar que eso va a ser así para siempre, haría mal en tensar la cuerda, porque, en democracia, cualquier cuerda, por resistente que parezca, también se rompe si se la tensa demasiado. Haría bien Fabra en mirarse en el espejo del todopoderoso Berlusconi que pasa por sus horas más bajas porque, al final, le abandonan también los suyos. Y es que, pese a que ya nació en lo más alto del poder de Castellón y pese a haber dejado, como un faraón, su pirámide liza y de cemento, sin aviones que la pisen, con estatua fallera para que el recuerden, a Carlos Fabra parece que le ha llegado su San Martín. Ojalá sea así. Si no, me va a ser difícil volver a confiar en la justicia.
 
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