CAERSE DEL GUINDO, por Javier Astasio

Cuánto daría porque la buena gente de este país se atreviera, porque se quitase el miedo del cuerpo y diese un paso al frente y llevase a donde tienen que estar a todos estos líderes que se han llenado la boca de promesas y credos que, al final, han resultado tan falsos o más que las falsas promesas de los charlatanes de feria o quienes pretender hacernos creer que una copa o un perfume pueden hacer de nosotros los adonis irresistibles que ni somos ni seremos.
Cuando llegaron, compraron los votos de mucha buena gente, no los míos, claro, con sus promesas de sacarnos de la crisis, de devolvernos a la gloria de Aznar y Rato, sí, he escrito Rato, de librarnos de las garras de los socialistas, para llevarnos a la modernidad y la opulencia. Pero no tardaron mucho en quitarse la careta. Nada más llegar sacaron sus tijeras y comenzaron a cortar, no por lo sano, sino por lo más débil. Hundieron familias, barrios y ciudades con sus decisiones injustas, con sus descaradas y continuas prevaricaciones, con sus escandalosas privatizaciones, con su estrategia de hundir a los de abajo para llevar al cielo a los suyos, los de arriba.
Con ellos, España se ha convertido en uno de los países más injustos y menos igualitarios de Europa, con ellos se ha roto el sueño de que, con esfuerzo e inteligencia, era posible escalar en la sociedad y superarse como país. Ellos volaron todos los puentes que hasta entonces llevaban de un instituto de barrio a la universidad, subiendo las tasas y matrículas y privando a los más humildes de las becas que les permitían centrarse en los estudios, para forzarles a compatibilizar el trabajo y el estudio, con el consiguiente retraso en sus objetivos, Con ellos, España, y la educación es sólo un ejemplo, volvió a los últimos años del franquismo, a los salarios miserables, incluso a la pobreza, más cruel, si cabe, porque, si en el franquismo íbamos a más, con ellos caíamos a un pozo del que aún no hemos visto el fondo.
Y, mientras hundían a la mayoría cada día un poco más, a los suyos, los privilegiados, los tramposos, les iba cada vez mejor. Los yates y los coches de lujo eran cada vez más y más nuevos. no esos de los que dependen algunos para trabajar, en los que iban creciendo los "remiendos". Me diréis que bares y terrazas estaban llenos, pero no en todas partes, porque, en los barrios no es así. Quien más, quien menos, en barrios como el mío, ha bajado un escalón en su bienestar. Ya nos e come tanta carne ni se compra tanta ropa y los móviles y los ordenadores se reparan y se heredan. Eso, insisto, en barrios como el mío, porque en los otros, en los que no conocían la suciedad ni en tiempos de Ana Botella, la vida sigue igual, pendiente de las rentas y las acciones, de las herencias y las fincas, que, para ello, los papás y los abuelos ganaron una guerra,
Y cuando el país está peor y es evidente, cuando millones de españoles siguen sin encontrar trabajo, algunos, dicen que un millón, desde hace cuatro años, el tiempo que ha pasado desde que llegaron al poder estos señores, cuando ya es evidente que ellos no han sido la solución, sino el problema, se atreven a reconocer, con su cinismo y su desapego por aquellos a quienes dicen defender, que tanto sacrificio, nuestro no suyo, tantas privaciones no han servido para nada, que no llegaremos nunca a ese paraíso que nos prometieron  Y se atreven a decirlo sin asumir culpa alguna, pese a que aquí estamos, más pobres y más desprotegidos.
Lo acaba de decir el "superministro" De Guindos, con su pinta de tabernero y su voz de "pijito" del barrio de Salamanca, con sus gallos y sus malos gestos, sin ni siquiera guardar las formas. Tampoco cabía esperar otra cosa de quien tenía como mayor mérito haber representado en Europa a uno de los bancos de inversión que provocaron la crisis, un tipo que, nada más llegar al gobierno, tomó todas las decisiones precisas para que la crisis de las Cajas y la salida a bolsa de Bankia nos resultasen aún más ruinosas.
Pero, claro, nunca ha dejado de ser el hombre de la banca especulativa en un gobierno que recorta y pretende seguir recortando, con un déficit que crece imparable, porque lo recortado apenas compensa la bajada de impuestos que hacen a los suyos, a los del barrio de Salamanca, a los hijos y los nietos de quienes ganaron aquella guerra. Bajan los impuestos y devuelven a los funcionarios aquella media paga que les deben desde que se la quitaron hace cuatro años. Bajan los impuestos y devuelven aquello que deben porque parece que va a haber elecciones, aunque haya que seguir metiendo la mano en la caja de las pensiones.
Lo malo es que seguirá habiendo, cada vez menos, quienes les crean, pero esto no puede seguir así. Hace falta que, de una vez, los españoles dejemos de votar a nuestros verdugos, hace falta que nos caigamos de una vez del guindo.

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