34 años después, por Javier Astasio

 
 
He de confesaros que me produce una enorme desazón tratar de responder, hoy 6 de diciembre, a las tan manidas preguntas del tópico "quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos". Somos un país que, con el trabajo, el entusiasmo y la creatividad de sus ciudadanos ha llegado muy lejos y, si no lo ha hecho más, ha sido por la codicia, la corteza de miras y la manera corrupta de ver el mundo de algunos.
Venimos de una dictadura perdida ya en el tiempo, en la que el ejército, diseñado para la represión y el miedo, junto a las viejas oligarquías y la iglesia católica, trataron de imponer una sola y miope visión del mundo y de la vida, destinada al único fin de perpetuar sus privilegios. Un país que durante más de dos años, después de la Revolución de los Claveles en Portugal, quedó como una isla fuera del tiempo y del mundo en la Europa Occidental. Un país al que costaba volver una vez que se había conocido la libertad que se disfrutaba al otro lado de sus fronteras. Un país tradicionalmente de emigrantes que comenzaba a levantar cabeza gracias al turismo y a las todavía tímidas exportaciones. Un país en el que las mujeres apenas tenían derechos y, si los tenían, los perdían en el momento de contraer matrimonio, porque las leyes de los hombres transcribían al pie de la letra, más aún que hoy, las leyes de quienes decían hablar en nombre de ese dios, por cuya gracia, lo he leído en las monedas, durante casi cuatro décadas tuvimos por jefe de Estado a un asesino.
Todo eso lo tengo muy claro y tengo también muy claro que a la muerte del sátrapa, yo tenía veinte años, lo que había sido rabia y rebeldía se transformó en esperanza y que nos pusimos manos a la obra porque, por aquel entonces, saber quién era el enemigo resultaba muy fácil, tan fácil como saber quiénes eran nuestros aliados. Tan claro como que ahora apenas estoy seguro de nada, Tan claro como que los padres de la patria, los diputados, ya no se atreven a recibir al pueblo en casa y se inventan peregrinas excusas, como la de unas oportunas obras, para no arriesgarse a tener que pasar la vergüenza de que algún que otro ciudadano les diga a la cara lo que piensa de ellos.
Lo que me preocupa es saber a dónde vamos o, más bien, a dónde van nuestros hijos en un país en el que la Constitución, la Ley de Leyes es, desde hace tiempo y cada vez más, papel mojado. Un papel ya mojado y mohoso, a veces ilegible, en el que quedaron escritos todas nuestras aspiraciones, nuestros deseos y todas nuestras renuncias para construir un escenario en el que poder vivir todos.
Pero, aún no hace dos años, España renunció a gobernar su futuro reformando de manera vergonzante la hasta entonces irreformable Constitución, haciéndonos agachar la cabeza como país, anteponiendo el pago de la deuda y la reducción del déficit al bienestar de los ciudadanos, empujándonos así por el tobogán de la prima de riesgo a la piscina de tiburones de los mercados. Hoy, mi hija no tiene ningún mundo que comerse. Se la han robado, nos lo han robado y, para ella y quienes tienen su edad, el optimismoes una broma de mal gusto.
No sé a dónde vamos. Sé que cuando yo tenía la edad de mi hija, el mundo estaba ahí para que quien quisiese intentara al menos comérselo. Hoy ya no hay mundo que comerse. La riqueza que, como tal y en abstracto, es de todos se la han quedado unos pocos. La riqueza de todos los ciudadanos está disecada junto al elefante y los leones de Díaz Ferrán, está en las indemnizaciones y jubilaciones de Blesa, Rato y sus compinches, está en las obras tan caras como inútiles que tantos han hecho en tantos sitios, está en los hospitales y los colegios que quieren vender a unos cuantos y avispados amiguetes de quienes podrán hacerlo, porque unos cuantos despistados y quizá arrepentidos ciudadanos, ejerciendo su derecho al voto así lo han querido.
Me da miedo el futuro, porque una de dos, o una gran parte de los representantes electos de la ciudadanía se vuelven como calcetines o aquí tendrá que pasar algo gordo. Lo que no cabe es que un pueblo tan generoso y valiente como éste se resigne a servir las mesas y hacer las camas del resto de Europa.
 
 
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