Javier Astasio
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La locuacidad de guerra, por Javier Astasio

 
He de confesar que Alfonso Guerra, Guerra, fue uno de mis primeros flirts profesionales. Corría julio o agosto de 1982 y me tocó a una de mis primeras ruedas de prensa políticas, llevaba pocos meses en la redacción de la SER y, como por aquel entonces los que hacíamos prácticas éramos muy pocos y los compañeros con galones para el escaqueo eran muchos, de vez en cuando nos mandaban a uno de nosotros, pobres aprendices, a cubrir ruedas de prensa inesperada.
Recuerdo que fue al final de la mañana y que la convocatoria fue inesperada. Alfonso Guerra, vice secretario general del PSOE convocaba a la prensa en la sede de Santa Engracia -la de Ferraz hubo aún de esperar- no recuerdo con qué motivo. No lo recuerdo, pero recuerdo que me cautivó. Tenía ya esa labia y esa malicia en lo que decía que le harían temible entre sus adversarios y, también y quizá con más motivo, entre sus compañeros. Pero también sabía ser cordial, incluso cariñoso, y yo era un joven recién casado, votante -mitad por razones sentimentales y mitad por convencimiento- del Partido Comunista, licenciado en Imagen que había llegado al periodismo casi de rebote, y, de alguna manera, Guerra era el primer político famoso que tenía delante. Como digo, no recuerdo el asunto que se trató en aquella rueda de prensa, probablemente un repaso general de cara al que iba a ser el último verano del PSOE en la oposición, antes de ganar las elecciones en octubre de aquel año. Lo que sí recuerdo es que Guerra nos acompañó hasta la puerta de la calle y que, a mí en concreto, me pechó el brazo sobre el hombro y se interesó por mis vacaciones, unas vacaciones que ese año no tuve.
Me cayó muy bien. Soy fácil y creo que me dejó ver su lado más tierno o, en todo caso, que, una de dos, yo lo quise ver o él aún no tenía ese lado oscuro que luego le hizo famosos por sus manejos y conspiraciones. Aquel encuentro dejó huella en mí  y despertó una admiración que sólo superaría la que, en circunstancias parecidas pero ya en la Moncloa, despertó Felipe González en una charla informal y "off the record", en la que, como buen encantador de serpientes que era, me cautivó.
Con el tiempo ellos y yo cambiamos y la admiración se fue desvaneciendo, más en el caso de Guerra,  porque uno va sabiendo cosas y aprende a mirar a las personas sin el candor del novato.
La que sentía por González duró más y aún dura en algunos aspectos. La de Guerra, confieso que se desvaneció pronto hasta el punto de convertirse en aversión. Hasta el punto de que ni siquiera soy capaz de compartir lo más indulgente que he escuchado sobre él: que no era malo, sino que lo malo era el guerrismo y los malos los guerristas. Pero no valen excusas, porque, para que existiesen lo uno y los otros, era necesario el consentimiento de Guerra y lo hubo de sobra.
Por eso me revienta verle ahora dar lecciones de ética, aunque las trufe de verdades. Escucharle decir el otro día que nunca encontró la erótica del poder me soliviantó, porque, pese a lo que dice, creo que  llegó un momento en que no hizo otra cosa. Le gusta también dárselas de austero y culto y, la verdad, no estoy tan seguro. Por si fuera poco, la prueba del algodón de lo que digo está en la poco que ha practicado la autocrítica y lo injusto que está siendo con los movimientos que, como el 15-M, se ofrecen como alternativa al inoperante y corrupto bipartidismo actual.
No me gusta la locuacidad de Guerra, porque no es otra cosa que la consecuencia lógica del compromiso de promoción de la última entrega de su libro de memorias. Y no me gusta porque, como nos ocurre a casi todos, dicen más de él sus silencios, del mismo modo que dice más saber quiénes son sus amigos que escucharle hacer la lista de sus enemigos.
 
 
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Obdulio Varela, el mando del 'Negro Jefe', por Rafael Casas González de Anleo (@rafacga)

Nació y murió pobre, pero su vida deportiva fue el súmmum del éxito. Obdulio Jacinto Muiños Varela vio la luz por primera vez el 20 de septiembre de 1917, jueves nublado para más señas. Un pequeño buscavidas perseguido por la desdicha. En Paysandú el mulato dio sus primeras patadas a un balón, cerca del río Uruguay, donde el agua es celeste.

Una vida familiar ajetreada le obligó a “lustrar” botas y la venta ambulante, pero él quería jugar al fútbol. Quizá nunca fue el jugador más técnico ni el más rápido del barrio, pero sus dotes de mando y la jerarquía que imponía a su alrededor, desde bien pronto, le hicieron valer el apodo del “Negro Jefe”. Un líder dentro y fuera del verde.

Recorrió 349 kilómetros para llegar a Montevideo, la capital, donde debutó en Wanderers, y demostró ser un ’cinco’ de una técnica aseada, una táctica genial y una lectura del juego ‘avanzada para la época’. La misma dureza de una roca en la entrada, pero con el criterio y la madurez de jamás perder un balón.
Su desempeño no pasó por alto para la directiva Manya, y acabó vistiendo los colores de Peñarol. De negro y amarillo Varela se hizo leyenda, por su contundencia y su fútbol, pero sobre todo por esa idiosincrasia, tan de la calle, tan fiel a las raíces del barrio y a los valores del fútbol, desapegado de lujos y caprichos mercantiles. Su relación con la directiva nunca fue buena, Varela reivindicó igualdad, justicia y tradición.

Resulta curioso que Peñarol fue uno de los primeros equipos en manchar su elástica con publicidad, pero Obdulio se negaba, él quería un fútbol puro, como aquel que aprendió en las calles de Paysandú, pero se daba cuenta de que a veces, el valor más importante en el fútbol no era el coraje, sino el monetario. El Negro Jefe era el único jugador manya que no portaba publicidad en su camiseta, a lo que respondió a la directiva cuando le preguntaron por qué: “Ya pasó el tiempo en el que a los negros nos señalaban con argollas”.
El último capitán. El Negro Jefe comprendía a cada uno de sus compañeros y luchaba por ellos, pero sus valores trascendían incluso más allá. En un Peñarol – Nacional, un compañero suyo recibió una entrada criminal por la espalda. Varela paró el partido, el árbitro pálido sólo podía escuchar las palabras de Obdulio, que se le acercó y le dijo una frase para la historia “Si alguno de mis futbolistas da una patada como la que aquel señor acaba de dar, le ruego que lo expulse, porque en mi equipo un jugador que pega así no merece seguir en la cancha”.

Un personaje especial. Capitaneó a la Celeste desde 1941 a 1954, con una fecha señalada entre todas. Fue en 1950, un 16 de julio. La Selección Brasileña, anfitriona del Mundial llegaba a la final, de un campeonato organizado a modo de liguilla, en la que con un empate en el último partido sería campeón del Mundo. Llegaba con un equipo plagado de estrellas, liderado por Ademir, y acostumbrado a la goleada. En frente un combinado uruguayo, de fierro y roca, con un capitán para la historia y una delantera eléctrica.

La historia de Varela ese día comenzó incluso antes de que pitara el colegiado. Ante la fiesta brasileña en los aledaños de Maracaná, el despliegue de prensa y de medios, bajó al vestuario Jacobo, directivo uruguayo, para expresar al plantel que ya estaban cumplidos “con haber llegado a la final”, y que trataran de perder por poco, para evitar manchar la buena imagen que hasta ahora habían dejado en el torneo. A Obdulio Varela no le gustó nada, se levantó con gesto contrariado y alzó su voz diciendo “no piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada”. Pero Varela aún tenía una última arenga para sus chicos, “muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba, así que nada de esquemas conservadores, vamos a salir a ganar al partido”. y ya en la bocana de vestuarios las caras de los uruguayos eran otras, “los de afuera son de palo”, lo importante era el balón y Uruguay sabía cómo tratarlo
Saltaron confiantes los celestes, tanto que mientras los fotógrafos inundaban el banquillo y la formación carioca, el defensor Eusebio Tejera, se dirigió a ellos exclamando: “¡Vengan para acá, que el campeón está acá!”. 

Pero el partido nació con el campo inclinado hacia la meta uruguaya. Brasil corría liderado por Ademir y jaleado por más de 200.000 almas. Uruguay se resistía, hasta que pasados poco más de cinco minutos del descanso, Friaça rasgó las mallas celestes y el jolgorio se convirtió en fiesta. Carnaval. La samba invadía las gradas. Brasil entero saltando. 10 uruguayos recordaban las palabras de Jacobo. Todos menos uno. Obdulio Varela.
El Negro Jefe agarró el cuero debajo del brazo y se acercó dialogante al colegiado para reclamar un off-side que invalidaría el gol brasilero. Pero George Harris, colegiado británico no comprendía nada de lo que decía Varela, y el partido se paralizó hasta la llegada de un intérprete, que enfrió tremendamente el ambiente. La fiesta se había convertido en furia, toda dirigida hacia un hombre, el que había apagado la música y encendido las luces de la fiesta. Obdulio recordaba que le “insultaba el estadio entero por la demora. ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Me di cuenta que si no enfriábamos el juego esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido".
Y así fue, el partido se enfrió. Uruguay no se asustó y Varela cogió a cuestas a sus compañeros. La Celeste se repuso, y los goles de Schiaffino y Ghiggia dieron la vuelta a un marcador marcado por una acción, marcado por la fe de un hombre. El campeón estaba allá, en el río de la Plata. Uruguay había vencido a Brasil en Maracaná, el estadio más grande del planeta.
Nadie lo podía creer. Varela le arrebató la copa de las manos a Jules Rimet, que había marchado a por ella con el empate en el marcador, ensayando el discurso de un Brasil campeón en casa. Pero no. Hubo lágrimas, desmayos y suicidios. Jamás volvieron a jugar de blanco, y el verdeamarelho se abrió paso desde entonces.
Todos los compañeros salieron a celebrarlo juntos, todos menos uno. El Negro Jefe era diferente. Varela salió solo por las calles de Río de Janeiro. Entró en un tugurio y pidió caña. Miró la tristeza de su alrededor y le dio otro trago largo. Cuando levantó la mirada notó que le reconocieron: “pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos”.
Se sintió más a gusto en aquel tugurio, que en cualquier de los actos a los que fue invitado por la Federación, de los cuales no acudió a ninguno. “Mi patria es la gente que sufre" rezaba cuando le preguntaban por qué. Eduardo Galeano recuerda la vuelta del combinado celeste en una brillante pincelada. “Volvieron a Montevideo y Obdulio Varela se escapó del gentío escudado en un sobretodo de solapas anchas, a lo Humphrey Bogart. Con el escaso premio que le dieron se compró un Ford modelo’31; se lo robaron a la semana siguiente”.

No tardó en retirarse, en 1955. El fútbol no le llenaba, había cambiado. Encontró en Catalina una compañera para toda la vida y se exiliaron juntos de la vida pública. Jamás volvió a festejar el famoso maracanazo. "Ganamos porque ganamos, nada más", afirmó años más tarde. "Nos llenaron de pelotazos, fue un disparate. Jugamos cien veces, y sólo ganamos ésa". Su presencia se esfumó en 1996, pero su llama sigue vivagracias a lo que enseñó al mundo. Se sintió ajeno al fútbol moderno, hasta los botines le quitaron. Hoy descansan junto con su camiseta, ‘la 5 celeste’, en la Federación Uruguaya. Hasta de eso le despojaron.

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Javier Astasio
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Sumergir el empleo, por Javier Astasio

 
 
Como diría un viejo amigo ¿por qué a todos los tontos les da por lo mismo? Y es que pareciera que, desde que los gobernadores del Banco de España no pueden emitir moneda, al cabo de un tiempo sufren de una tremenda melancolía que les lleva a meter las narices en asuntos que no les son propios y que lo hacen con propuestas, no sólo descabelladas, sino, a veces, insultantes.
Ya sufrimos el acoso pertinaz de Miguel Ángel Fernández Ordóñez a la legislación laboral y a los, en su opinión, excesivos costes laborales en España, mientras incumplía su deber de supervisar y vigilar el sistema bancario español, permitiendo, si no propiciando, el saqueo de las cajas de ahorros con el consiguiente deterioro del sistema financiero. Luego, con poner cara compungida y decir que la fusión de Bankia pudo haber salido bien, aunque salió mal porque hubo una segunda recesión con la que no contaban, se da por satisfecho. No fue capaz de verlo, pero se empeñó día sí y día también en recomendar la flexibilización del empleo, el abaratamiento del despido y la rebaja en los salarios, sin decir nada destacable sobre la raquítica labor de inspección de la Agencia Tributaria o sobre el desmedido beneficio de algunas empresas y el preocupante avance de la economía especulativa en el tejido financiero español.
No. De eso no dijo nada y ahora, un año y medio después de su salida del despacho de Cibeles, el PP ha cumplido todos sus deseos de abaratar el despido y flexibilizar el empleo y nada ha cambiado, si no ha sido a peor. Por contra y a pesar de su insistencia. El sistema financiero se desmoronó y el rescate facilitado con graves contraprestaciones sociales a España se destino a tapar los agujeros que él no supo ver en el sistema financiero, sin que éste haya sido capaz de hacer fluir el crédito a los particulares y las pymes, precisamente cuando es más necesario que nunca.
Ahora, por si no hubiésemos tenido bastante con el diagnóstico y las recetas de Fernández Ordóñez, su sucesor al frente del Bando de España, Luis Linde vuelve a la carga con ellas, proponiendo algo tan peregrino como saltarse las leyes vigentes en España, permitiendo la coartación fuera de convenio y el pago de salarios por debajo del mínimo interprofesional, además de recomendar que se acorten los plazos para llevar la edad de jubilación a los sesenta y siete años ¡Qué perspicacia la suya, qué buen análisis el de Linde! Y es capaz de decir lo que dice después de admitir lo que es evidente para quien quiera verlo: que la reforma laboral del PP ha tenido efectos negativos, propiciando centenares de miles de despidos, ha deteriorado la calidad del empleo, sin que, a cambio, se hayan creado los puestos de trabajo prometidos.
Qué pretende Linde, convertir a los futuros contratados bajo sus recomendaciones, que, de momento, ni el propio Gobierno defiende, en esquiroles que sirvan de coartada a los empresarios para seguir exprimiendo y acogotando a quienes todavía conservan su puesto de trabajo. Si es por puras razones economicistas, yo se lo pongo fácil, señor Linde. Basta con encadenar a los trabajadores a la máquina con que trabajas, al mostrador o al teclado y la pantalla de ordenador que tienen delante, dejándoles, eso sí, un plato con el rancho cerca. Y si no son capaces de sobrevivir mucho tiempo, al que caiga, se le desencadena y se ponen sus grilletes a un nuevo trabajador llegado de la oficina de empleo, a ser posible de los que cobran subsidio, para que el Estado pueda seguir pagándoles, a usted, a su eficaz  servicio de estudios  y a sus subgobernadores -que según dijo, no sé si con envidia, cobran más que usted, sus sueldos que, esos sí, están fuera de convenio y no sé si dan para recompensar tan geniales ideas.
Felicidades, señor Linde, ha dado usted con la solución. Ya que parece que no hay voluntad de acabar con el fraude fiscal ni con la economía sumergida, lo mejor es sumergir -aún más- el empleo. Siga usted ganándose el sueldo, pero aclárenos, si es tan amable, para quién demonios trabaja.
 
 
 

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