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Algo huele raro, por Javier Astasio

 


No tengo nada que objetar, no encuentro nada extraño en los deseos del juez Eloy Velasco dejar el Juzgado Central de Instrucción nº 6 de la Audiencia Nacional que ocupa desde hace ya nueve años. Nada que reprochar a un juez que, pese a haber ocupado la Dirección General de Justicia de la Generalitat de Valencia en tiempos en que la presidían Eduardo Zaplana y Francisco Camps, ha instruido dos de los sumarios más trascendentes en el esclarecimiento de la financiación ilegal y la corrupción en el Partido Popular. Es lógico que el juez pretenda ahora un destino mejor, de mayor categoría profesional, un juzgado en el que dictar sentencias, pero más tranquilo, un destino en el que no tener que sentirse todos los días bajo los focos, un destino en el que no haya que sentarse cada día sobre un barril de pólvora, un destino, en fin, que, a sus cincuenta y cuatro años, le acerque más a la culminación de su carrera que, como les ocurre a casi todos los jueces, termina al otro lado del jardín, en el Tribunal Supremo.
Nada que objetar a la trayectoria y el acenso de este juez que ha encarcelado a todo un ex presidente de Comunidad Autónoma, pese a que el mérito no es del juez, sino de Ignacio González, y al anterior delfín de Esperanza Aguirre Francisco Granados que, si no llegó a presidente, fue por su ambición y la zafiedad y el descaro con que hizo fortuna a la sombra de su papel de recaudador para el partido. Nada que reprochar a un hombre al que las responsabilidades y la tensión de su trabajo han borrado la sonrisa, al menos en las fotos, que ahora apenas aflora tras una barba que le ha echado unos cuantos años encima.
Nada que objetar al juez que, como despedida, dejará entre otras cosas el auto de libertad bajo fianza para su preso más antiguo, el cerebro de la Púnica, Francisco Granados, que lleva dos años y medio en prisión provisional y que podrá abandonar la cárcel que inauguró como consejero si aporta al juzgado los 400.000 euros de fianza con que cubriría, al menos eso cree el juez, su responsabilidad en la trama.
Donde sí encuentro muchos "peros" es en las prisas por poner en marcha la Sala de Apelaciones a la que irá destinado y que llevaba más de quince años en el congelador de la Administración, hasta que, oh casualidad, Eloy Velasco ha buscado este nuevo destino, que, si no prospera el recurso presentado por cinco compañeros del juez en la Audiencia Nacional, ocupará en apenas dos semanas, dejando vacante el despacho del juzgado que hasta ahora ha ocupado.
Mis objeciones tienen que ver con que ocupará su nuevo destino junto a Enrique López, el polémico juez, ex magistrado del Constitucional a propuesta del Partido Popular, hasta que fue denunciado por conducir su motocicleta cuadruplicando la tasa de alcohol en sangre y que, de vuelta a la Audiencia Nacional, fue apartado del tribunal que debería juzgar el caso Gürtel, pese a que él mismo no quiso autoexcluirse como hubiese sido lógico por su proximidad al PP.
Habrá que ver cómo resuelve las apelaciones que lleguen a la sala que ocupará junto a Eloy Velasco, teniendo en cuenta la oleada de casos de corrupción que afectan al Partido Popular que se instruyen y se juzgarán en la Audiencia Nacional, aunque quizá podría sorprendernos, como ya lo ha hecho su futuro compañero a su paso por el juzgado de instrucción. 
Queda ahora por saber quién ocupará la vacante que deja Velasco. La incógnita se resolverá mediante un concurso de méritos en el que, dicen, Juan Alberto Belloch, ex ministro de Justicia e Interior de Felipe González, y ex alcalde de Zaragoza por el PSOE, que también optaba a la sala para la que han sido nombrados Velasco y López, es el mejor colocado. Todo un reto para quienes hayan de tomar la decisión, porque, si extraño es ver a alguien relacionado con el PP instruir sumarios que afectan a los populares, tanto o más extraño se va a hacer ver al frente de la instrucción a todo un ex senador, ex diputado, ex alcalde y ex súper ministro socialista y que las defensas de los miembros del PP que se vean afectados no lo recusen.
Algo huele raro en este baile de destinos y, especialmente, todo lo que tiene que ver con las puertas giratorias y la consanguinidad entre jueces y partidos. Ojalá la esperanza de que la justicia ponga orden en tanta inmundicia y limpie definitivamente las cloacas del poder no se desvanezca. En caso contrario, que no nos pase nada.